Hay una frustración muy concreta que comparte mucha gente y de la que casi nadie escribe: no conducir, o no querer hacerlo en el extranjero, te deja fuera de casi todos los destinos de naturaleza. Las guías te mandan a la ciudad y te dicen que para el resto alquiles un coche.
Escocia es la excepción seria a esa regla, y no por casualidad: es un país de montaña y de islas donde el ferrocarril llegó pronto a la costa oeste y donde el barco nunca dejó de ser transporte público, no atracción turística.
01 Por qué aquí sí funciona
Empieza por la línea de las Highlands occidentales, que une Glasgow con los puertos de Oban y de Mallaig. Es la vía férrea más occidental de Gran Bretaña, se construyó por tramos entre finales del siglo XIX —el tramo hasta Fort William abrió el 11 de agosto de 1894— y sobrevivió a dos intentos de cierre, en 1963 y en 1995.
No es solo un medio de transporte. En 2009, los lectores de una revista de viajes independiente la votaron como el mejor trayecto ferroviario del mundo, por delante del Transiberiano y del tren de Cuzco a Machu Picchu. Y hay una segunda línea hacia el oeste, la que conecta Inverness con Kyle of Lochalsh.

Luego está el mar. La compañía que opera los transbordadores de la costa oeste atiende 22 de las islas mayores, tiene 37 barcos, sirve a más de 50 puertos y realiza de media más de 162.700 travesías al año. En 2018, su año de mayor tráfico, transportó unos 5,3 millones de pasajeros.
Y está la puerta de entrada: uno de los dos únicos trenes nocturnos que quedan en el Reino Unido conecta Londres con Escocia, con un servicio que existe en esa línea desde el 24 de febrero de 1873. Te acuestas en una ciudad y te levantas con las Highlands por la ventana.
02 Qué te da y qué no
03 La ruta, enlace a enlace
La estructura que mejor aguanta en diez o doce días es de tres bases, con estancias de tres o cuatro noches en cada una. Nada de cambiar de alojamiento cada día: sin coche, cada mudanza te come medio día de horarios y de cargar con la mochila.
La primera base es una ciudad del cinturón central, que es donde arranca todo y donde enlazan las líneas. La segunda, en el oeste montañoso, al final de la línea ferroviaria: desde ahí salen caminatas que empiezan literalmente en la estación.

La tercera es una isla, y aquí conviene ser realista: elige una, no cuatro. Un archipiélago recorrido a base de transbordadores se disfruta quedándose, no encadenando travesías. Tres noches en un sitio te dan dos días completos de caminar; tres islas en tres días te dan tres días de puerto.
04 Cómo se planifica
El orden correcto es al revés de lo habitual. Primero miras los horarios de transbordador de la isla que te interesa, luego encajas los trenes, y solo al final reservas alojamiento. Si lo haces al contrario, acabas con una reserva que no tiene manera de cumplirse.
Dos reglas prácticas. No encadenes un tren y un barco con menos de una hora de margen si el barco es el último del día. Y ten siempre una alternativa para la jornada de la travesía, porque el mar decide: una marejada cancela salidas y no hay recurso posible.

05 Lo que hay que aceptar
Lo primero es que hay zonas que quedan fuera y no pasa nada. Buena parte de las Highlands no tiene línea regular de ninguna clase, y forzar esos valles sin coche significa taxis caros o caminatas de acceso muy largas. Es mejor construir el viaje sobre lo que sí está conectado.
Lo segundo es el equipaje. Todo lo que lleves lo vas a subir a un tren, bajarlo en un andén, arrastrarlo hasta un muelle y volver a subirlo a un barco, varias veces. Una mochila que puedas cargar quince minutos sin quejarte es el límite razonable.
Y lo tercero es la temporada. En invierno las frecuencias se reducen y la luz se acaba a media tarde, así que este viaje funciona sobre todo entre abril y septiembre. Abril, mayo y septiembre son los meses más cómodos: hay servicio completo y todavía no está todo lleno.

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