Es un viaje de madrugones, de efectivo en el bolsillo y de un solo plan grande al día. No es un destino de resort ni de agenda cultural: es un destino de irse a mirar una cosa muy concreta y quedarse mirándola.

01 Un ave que no incuba sus huevos
El protagonista es el megápodo melanesio, un pájaro de entre 34 y 39 centímetros, de cuerpo compacto, patas enormes y cresta corta, que vive en el archipiélago de Bismarck y en las Salomón. Lo que lo hace distinto no es su aspecto: es su forma de criar.
En vez de calentar los huevos con el cuerpo, busca terreno que ya esté caliente: suelo con calor geotérmico, arena al sol o raíces en descomposición. Cava una madriguera de entre 20 y 90 centímetros de boca y deja los huevos a entre 30 y 90 centímetros de profundidad, donde la temperatura ronda los 36 o 37 grados.
El resto lo hace la geología. La incubación dura entre seis y diez semanas y los huevos llevan una proporción de yema altísima, del 65 al 69 %, frente al 15 o 40 % de un ave corriente. Por eso los pollos salen del suelo completamente formados y se marchan solos: no conocen a sus padres.
En Savo, esos claros de arena se llaman campos de huevos y pertenecen a las aldeas, que los gestionan y los recolectan: alrededor de un centenar de huevos al día, algo más grandes que los de pato, que se comen en la isla o se intercambian con otras aldeas. La especie está catalogada como de preocupación menor.

02 Un volcán de 485 metros a la vista de la ciudad
Savo es un estratovolcán de 485 metros que sobresale del mar a unos 35 kilómetros de Honiara. Se ve desde la costa de la capital los días claros, y esa cercanía es exactamente lo que hace posible el viaje de un día.
Sigue activo. Su última erupción se sitúa entre 1835 y 1847, y los servicios de vigilancia trabajan con una frecuencia estimada de una erupción cada cien o trescientos años. Mientras tanto, el calor sale por donde puede: fuentes termales, balsas de lodo hirviendo y géiseres repartidos por el interior.
Viven en la isla algo más de tres mil personas —3.137 en el recuento de 2009— y se habla el savosavo, una lengua papú, además del gela. La subida al cráter lleva unas dos horas de ida, siempre con guía de la aldea, y es cuesta arriba y húmeda: no es técnica, pero tampoco es un paseo.
03 Cómo se llega y cuánto dura
El trayecto tiene dos tramos. Primero se sale de Honiara hacia el oeste por la carretera de la costa norte, unos tres cuartos de hora hasta las aldeas del extremo, donde están los embarcaderos. Después, una canoa con motor fueraborda cruza el estrecho en aproximadamente media hora.
El cruce es corto pero abierto, y ahí está el motivo de venir entre junio y septiembre: con el alisio del sureste el mar es previsible y la travesía se hace temprano y sin sobresaltos. En la temporada del monzón, de noviembre a abril, hay más marejada y más días en que sencillamente no se sale.
Se llega a la isla por la aldea del embarcadero, donde te espera el guía local que lleva a los campos de huevos, a las fuentes termales, a la cascada o al cráter, según lo que dé el día. Conviene decidirlo por la mañana y no a mediodía: la subida al volcán con calor es otra cosa.

04 Qué pinta la ciudad en este viaje
Honiara no es el destino, pero hace tres cosas imprescindibles. Es donde está el aeropuerto internacional, a once kilómetros del centro. Es donde se saca el efectivo, porque fuera de la ciudad casi todo se paga en metálico y en dólares de las Salomón. Y es donde se compra la comida.
El mercado central, en Mendana Avenue y con la trasera dando al agua, es la parada obligatoria de la víspera: fruta, verdura y pescado del día. Para un día fuera, con eso y agua se resuelve.
Si sobra una mañana, la ciudad tiene el museo nacional y un centro cultural con casas tradicionales levantadas dentro, además del jardín botánico. Es media jornada, no más, y encaja bien en el día de llegada o en el de salida.

05 Cómo armar tres días
Día uno, ciudad: llegada, cambio de dinero, el museo y el centro cultural por la tarde y una vuelta por el mercado para dejar cerrada la compra del día siguiente. Cena temprano y despertador puesto.
Día dos, la isla entera: salida al amanecer hacia el oeste, travesía temprano, campos de huevos y fuentes termales por la mañana, baño y comida en la aldea, y vuelta a media tarde antes de que se levante el viento. Si prefieres el cráter, cambia la mañana entera por la subida y deja los campos para después de comer.
Día tres, costa: la carretera del este hacia los ríos y la llanura, o una segunda salida en barco si el mar acompaña. Y si te queda una noche más, repite la isla: aquí eso no es perder el día, es el plan.



