01 Menos de treinta minutos
El servicio de alta velocidad entre Madrid y Toledo se inauguró el 15 de noviembre de 2005, y dejó el trayecto en poco menos de treinta minutos. El servicio convencional anterior había funcionado hasta el 2 de julio de 2003. Esa es la fecha que explica cómo se visita hoy la ciudad.
La conexión ferroviaria no es nueva en su efecto: ya en el siglo XIX el turismo que trajo el ferrocarril impulsó el desarrollo hostelero de la ciudad. Lo que cambió en 2005 no fue que llegara gente, sino que dejara de dormir aquí.
02 Lo que pasa a las seis y media
El casco antiguo tiene un ritmo diario muy marcado, y no es un ritmo local: lo marcan los autocares y los trenes. Entre las once y las seis, las calles principales están llenas; a partir de esa hora se vacían en menos de una hora, y a las nueve están desiertas.

La ciudad que sale en las fotos y la ciudad que hay a las diez de la noche son físicamente la misma y no se parecen en nada.

03 Cómo se organiza la estancia
Llega por la tarde, sobre las cinco, cuando los grupos ya están de vuelta. Deja las cosas y no hagas nada: siéntate a cenar temprano y sal a caminar a partir de las nueve, sin plan y sin mapa. Esa primera noche es la que justifica el viaje entero.
Al día siguiente, madruga de verdad. Sal a las ocho: tienes tres horas de ciudad vacía antes de que lleguen el primer tren y el primer autocar. Reserva para esa franja lo que te interese ver por dentro y déjate el mediodía para comer y descansar, que es cuando el casco está imposible.
A media tarde, sal del casco y cruza al otro lado del valle. Desde ahí se ve la ciudad entera sobre su cerro, con el río rodeándola: es la única perspectiva que explica lo que llevas dos días recorriendo por dentro. Y vuelve a entrar al anochecer, por el puente.

04 Lo que hay que aceptar
Tres cosas, y las digo sin rodeos. La primera: dormir dentro del casco cuesta más que dormir fuera, y el plan depende enteramente de eso. Si te alojas en la ciudad nueva o en un hotel de carretera, tendrás que subir y bajar, y no vas a salir a caminar a las diez de la noche.
La segunda: por la noche no hay ambiente. Hay silencio, piedra y farolas, y eso es exactamente lo que has venido a buscar; pero si esperabas terrazas llenas, te vas a llevar un chasco. Cena antes de las nueve o te quedas sin cenar.
Y la tercera, el mes. Abril, mayo, septiembre y octubre. En julio la máxima media es de 35,1 grados y el casco no tiene arbolado; la ciudad vacía de agosto lo está porque nadie puede estar en la calle, no porque se hayan ido los autocares.
Si encajas en el perfil, el argumento cabe en una frase: por el precio de una noche de hotel vas a ver un Patrimonio Mundial de doscientas sesenta hectáreas sin nadie dentro, dos veces —de noche y al amanecer—, a media hora de tren de Madrid. Pocas cosas dan tanto por tan poco esfuerzo.



