Conviene decir lo otro también: son 210.000 habitantes, la oferta no es la de una metrópoli y el viento es un personaje del viaje. Si eso no te desanima, es de las ciudades más agradecidas del Pacífico.

01 Todo a pie, casi todo cuesta arriba
El centro se organiza en dos ejes paralelos al agua. Lambton Quay concentra las oficinas y las tiendas; Cuba Street, ocho minutos al sur, concentra los cafés, los bares, las tiendas de segunda mano y la vida de noche, en edificios bajos de finales del siglo XIX y principios del XX.
Entre ambos ejes y el mar está el frente marítimo, peatonal y continuo: puerto deportivo, muelles reconvertidos, el museo nacional y, siguiendo hacia el este, las playas urbanas de Oriental Bay.
La única dificultad real es la pendiente. Los barrios de las laderas se suben por escaleras públicas y calles empinadas, y hay tramos donde la acera es un pasamanos. Calzado con agarre, y no te fíes de las distancias en línea recta del mapa.
02 Un museo nacional gratuito
Te Papa Tongarewa abrió en febrero de 1998 en el frente marítimo, tiene 36.000 metros cuadrados, seis plantas de exposición y entrada general gratuita. Recibe más de un millón de visitantes al año y es el mejor sitio del país para entender de una vez la historia natural y cultural de Nueva Zelanda.
El edificio, además, es una lección de la ciudad. Está sobre terreno ganado al puerto, se compactó dejando caer más de cincuenta mil pesos de hasta treinta toneladas desde treinta metros de altura, y va montado sobre aisladores sísmicos de base.
Con eso y un par de horas de calle tienes resuelto un día entero de lluvia, que en esta ciudad conviene tener siempre previsto.

03 El bosque empieza en la parada del funicular
Desde Lambton Quay sale un funicular que sube 120 metros en 609 metros de recorrido y funciona desde 1902. Arriba está el jardín botánico, con helechos arborescentes, y desde ahí se baja caminando al centro en media hora.
El cinturón verde reservado en 1840 rodea la ciudad con unas 425 hectáreas de bosque y senderos. El mirador de Mount Victoria, a 196 metros, se sube andando desde el centro y da la vuelta completa de 360 grados sobre el puerto, el istmo del aeropuerto y la península de Miramar.
Y al oeste está Zealandia: 225 hectáreas de valle cerrado por una valla antidepredadores, donde viven kiwis, kākā, tīeke y tuátaras. La visita nocturna es la que da más resultado, porque el kiwi y la tuátara son de noche.

04 Lo práctico
Alójate en el centro o en Te Aro: en una ciudad tan compacta, dormir lejos no compensa. La red de autobuses cubre bien las laderas y los barrios altos, y para el resto el mejor transporte son las piernas.
Reserva la visita nocturna del santuario con antelación y llévate capa cortavientos siempre, incluso en enero. Si vas a cruzar a la Isla Sur en ferri, deja un día de margen: con temporal se cancela.
Y cuenta con el tiempo como variable, no como fondo. La ciudad está pensada para eso: hay museo, cafés y bares suficientes para que un día de viento fuerte no sea un día perdido.

05 Cómo armar tres días
Día uno, ciudad llana: Lambton Quay y las placas de la orilla de 1840, Cuba Street para comer, el frente marítimo y Te Papa por la tarde.
Día dos, ciudad alta: funicular, jardín botánico, bajada a pie al centro, y por la tarde Mount Victoria para ver de dónde viene la forma de la ciudad. Si el día sale ventoso, cambia el mirador por más museo.
Día tres, bosque: mañana o noche en Zealandia y, con tiempo sobrante, un tramo del cinturón verde o el ferri corto del puerto. Con una noche más, cruza el estrecho de Cook y vuelve: la travesía es de las mejores del país.





