Ereván está a unos mil metros de altitud, en una meseta seca y lejos de cualquier mar. Ese es el resumen del clima y explica todo lo demás: sin agua alrededor que amortigüe, la temperatura se dispara en verano y se desploma en invierno, y la lluvia es tan escasa que ni siquiera es la variable que hay que mirar.
01 Una ciudad de extremos
Los números en crudo. En enero la máxima media es de 1,2 grados y la mínima de −8,1, y en episodios de aire frío el termómetro puede llegar a −20. En agosto la máxima media es de 34,5, y algunos días se alcanzan los 40. Entre ambos extremos hay más de cuarenta grados de recorrido en la misma calle y sobre la misma piedra.

02 Aquí casi no llueve
El segundo dato que hay que interiorizar es la sequedad: 365 milímetros al año repartidos en 78 días. Para comparar, es la mitad de lo que cae en Roma y una cuarta parte de lo de Liubliana. Julio recibe 15 milímetros y agosto, 10. En pleno verano no llueve, sencillamente.
Eso tiene una consecuencia buena y otra mala. La buena: no hace falta reservar días de reserva por lluvia, y el aire seco a mil metros da una luz nítida que favorece mucho a una ciudad de piedra clara. La mala: el sol no tiene tregua y la sombra escasea en las avenidas anchas del plano de 1924.
En agosto caen diez milímetros en todo el mes. Aquí la variable no es la lluvia: es la sombra.
03 Las dos ventanas cortas
La primera es mayo: 24,8 grados de máxima, laderas cubiertas de flor y una ciudad que ya vive en la calle sin que apriete el calor. Llueve doce días, pero en chubascos de tarde, no en jornadas grises. Es el mes en que el campo de alrededor está verde, cosa que solo pasa unas pocas semanas al año.

La segunda va de mediados de septiembre a mediados de octubre, y es la que yo elegiría. Septiembre tiene 29,6 grados de máxima y solo cuatro días de lluvia; octubre baja a 21,6. Es la temporada de la vendimia en el campo, el aire está limpio y la luz baja saca el color de la toba mejor que en ningún otro momento del año.

04 Si te toca el verano
Julio y agosto no son imposibles, pero exigen reorganizar el día entero. Con máximas de 34 grados de media y picos de 40, el plan tiene que ser madrugar mucho, meterse bajo techo entre la una y las cinco, y salir otra vez al caer la tarde. Es exactamente lo que hace la gente que vive aquí.
Hay además una compensación real que no tienen las ventanas buenas: en verano las noches son largas y suaves, la ciudad se llena a partir de las nueve y las terrazas funcionan hasta tarde. Si aceptas invertir el horario, el verano da una versión de Ereván que en octubre no existe.
05 El veredicto
De mediados de septiembre a mediados de octubre, si puedes elegir. Es la única franja en la que se junta todo: temperatura cómoda, cuatro días de lluvia al mes, la luz más favorable del año para una ciudad de piedra y el campo de alrededor en su mejor momento.
Mayo es la alternativa, y en un aspecto gana: es cuando el paisaje está verde y en flor, algo que en este clima dura muy poco. Y una advertencia sobre el invierno: no lo elijas pensando que un frío de mil metros de altitud y aire seco es como el de una capital costera. No lo es, y la ciudad se mete dentro.
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