La ciudad recibe 669 milímetros de lluvia al año, de los cuales 371 caen en julio y agosto, y su temperatura recorre casi cincuenta grados entre el récord de frío, −1,3, y el de calor, 47,6. Con esos números, elegir mes parece sencillo. Lo es solo hasta que se añade una variable que no está en ninguna tabla climática.
01 La tabla no basta
El mecanismo es meteorológico y conviene entenderlo porque explica el calendario. Entre finales de octubre y enero, el aire se estabiliza, el viento cae y se forma una capa de inversión que actúa como tapa: lo que se emite en la llanura se queda abajo en vez de dispersarse. La lluvia del monzón, en cambio, lava la atmósfera cada pocos días.
02 El calor de mayo
El otro extremo del año es más simple de explicar. Mayo tiene una máxima media de 41,2 grados y una mínima de 25,5, y el récord absoluto de la serie es de 47,6. Abril ya está en 36,8 y junio en 40,5. Son tres meses en los que la ciudad, sencillamente, no se puede recorrer a pie entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde.

Hay un matiz que ayuda a decidir entre abril y mayo: en esos meses la humedad es baja, y un calor seco de 40 grados se soporta mejor que uno húmedo de 35. El problema aparece en junio, cuando llega la humedad del monzón sin que la temperatura haya bajado todavía. Esa es la peor combinación del calendario.
03 El monzón: dos meses de cuatro

El reparto de la lluvia es de manual monzónico: 69,9 milímetros en junio, 182,2 en julio, 188,4 en agosto y 106,1 en septiembre. Julio y agosto solos suman el 55 % del total anual. El resto del año es seco de verdad: noviembre tiene 2,1 milímetros y diciembre 5,4.
Julio y agosto concentran el 55 % de la lluvia del año. Y son, precisamente, los dos meses en que mejor se respira.
Eso deja al monzón en una posición rara: climáticamente incómodo —humedad alta, calles encharcadas, tráfico imposible— pero con el aire lavado y la llanura verde. Si tus fechas son fijas y caen en julio o agosto, la compensación existe y es real; simplemente no está donde uno la busca.
04 La niebla de enero

El invierno añade un problema logístico que conviene tener en cuenta al comprar billetes. Con mínimas de 7,7 grados en enero y 8,3 en diciembre, aire cargado y humedad de amanecer, se forman episodios de niebla densa que reducen la visibilidad a pocos metros y provocan retrasos y cancelaciones en el aeropuerto y en los trenes.
La consecuencia práctica es simple: si viajas en diciembre o enero, no encadenes un vuelo de conexión ajustado y deja margen entre el tren y el avión. No es un riesgo teórico; es la razón por la que enero, a pesar de tener una tabla razonable, no llega a la categoría de mes ideal en esta guía.
05 El veredicto
Febrero, y con bastante ventaja. Tiene 24,3 grados de máxima y 11,0 de mínima —temperatura de caminar todo el día—, apenas 19,8 milímetros de lluvia, la niebla del invierno ya remitiendo y el aire mejorando respecto al tramo de noviembre a enero. Marzo funciona igual de bien si aceptas 30,7 grados al mediodía.
Y una recomendación práctica que vale para cualquier mes: consulta el índice de calidad del aire del día antes de planificar una jornada entera al aire libre, igual que consultarías el parte de lluvia. Si tienes asma o alergias respiratorias, esa comprobación es más importante aquí que la del termómetro.
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