Okinawa mes a mes — de un vistazo
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Casi nadie viaja a Okinawa por la ciudad. Se viaja por el agua, y el agua tiene horario. La particularidad del archipiélago es que su temporada de baño es larguísima para lo que se acostumbra en Japón —siete meses— y que, aun así, elegir mal la semana puede dejarte tres días bajo una lluvia continua o con el vuelo interinsular cancelado.
01 Siete meses de agua, del 31 de marzo al 31 de octubre
En el resto de Japón la temporada de playa dura seis o siete semanas: los establecimientos abren a principios de julio y cierran a finales de agosto. En Okinawa, las playas celebran su apertura oficial —el umi-biraki— a finales de marzo o en los primeros días de abril, y la mayoría mantiene socorristas y redes hasta el 31 de octubre.
Las redes no son decorativas. Delimitan la zona vigilada y frenan a la medusa habu, que aparece en los meses cálidos y es la razón por la que conviene bañarse dentro del perímetro y no en cualquier cala vacía que quede bonita desde la carretera.
Los momentos clave de un vistazo
Playas ya abiertas, 161 mm y el tsuyu todavía por llegar. La ventana más cómoda del año.
227 horas de sol, el récord anual. Reserva la primera mitad del mes, antes del pico de tifones y de las vacaciones japonesas.
2,2 aproximaciones de media, precios máximos y el mayor número de viajeros nacionales del año.
28,1 grados de máxima, menos lluvia que en septiembre y el riesgo de tifón ya en retirada.
02 La primera puerta se cierra el 10 de mayo
El tsuyu, la estación de lluvias del este de Asia, llega a Okinawa antes que a ningún otro punto de Japón. La fecha media de entrada es el 10 de mayo y la de salida, el 21 de junio. En Miyako e Ishigaki suele adelantarse alrededor de una semana. Son seis semanas de cielo cerrado, no de chubascos de tarde.
Los números lo confirman. Mayo acumula 245 milímetros y junio 284, el máximo del año; la humedad relativa media de junio es del 83 %, la más alta de los doce meses. Nadar sigue siendo posible, y el agua está templada, pero el snorkel pierde casi todo su sentido cuando la luz no entra y la visibilidad se cae.
03 La segunda puerta llega desde el sureste
Okinawa es la región de Japón a la que más tifones se aproximan: unos 7,7 al año de media, frente a las cifras muy inferiores del resto del país. La distribución no es uniforme. Agosto registra 2,2 aproximaciones de media y septiembre 1,9: entre los dos concentran más de la mitad del total anual.

Lo que un tifón le hace a un viaje no es tanto el viento como la parálisis. Los vuelos interinsulares y los ferris se cancelan con veinticuatro o cuarenta y ocho horas de antelación, los comercios cierran y las excursiones de buceo desaparecen del calendario. Un solo sistema puede inmovilizar tres días de una semana de siete.
El tifón rara vez estropea el viaje por lo que rompe. Lo estropea por lo que detiene.
04 Lo que queda: dos ventanas estrechas
Si tachas del calendario las seis semanas del tsuyu y los dos meses de pico de tifones, la temporada de baño de siete meses se queda en dos tramos claros. El primero va de finales de marzo a principios de mayo: playas ya abiertas, 161 milímetros de lluvia en abril y el archipiélago todavía sin llenar.

El segundo tramo es mejor y menos conocido: de la salida del tsuyu, el 21 de junio, hasta mediados de julio. Julio acumula 227 horas de sol, el máximo anual, y llueve menos que en junio. El riesgo de tifón existe pero todavía no ha alcanzado su punto alto, y las vacaciones escolares japonesas no han empezado del todo.
Y hay un tercer momento que no encaja en ninguna de las dos ventanas pero que en la práctica es el que mejor funciona: octubre. La temporada oficial de baño llega hasta el 31, las máximas medias siguen en 28,1 grados, la lluvia baja a 179 milímetros y los tifones ya se están retirando. Añade que los precios caen en cuanto termina agosto.
05 Lo que ofrece el invierno a cambio del baño
De diciembre a marzo Okinawa deja de ser un destino de playa y se convierte en otra cosa. Hace entre 17 y 19 grados de media, sopla viento del norte y el cielo está bajo: enero y febrero solo reúnen 93 horas de sol cada uno, la mitad que julio. Nadie se baña sin neopreno.
A cambio ocurren tres cosas que no ocurren en verano. Las ballenas jorobadas llegan a las islas Kerama a criar entre finales de diciembre y principios de abril, y febrero es el mes con mayor tasa de avistamiento. Los cerezos kanhizakura florecen a mediados de enero, antes que en ningún otro punto de Japón, y los festivales de Motobu y Nago se celebran a finales de ese mes. Y arranca la zafra de la caña de azúcar.
06 Cómo elegir la fecha
Si el viaje va de snorkel, buceo y agua transparente, la elección se reduce a tres bloques: abril, la segunda quincena de junio con la primera de julio, y octubre. De los tres, octubre es el más seguro y el más barato; abril, el más suave; julio, el más luminoso y el que más riesgo asume.
Si el viaje va de islas remotas, hay una regla añadida. Cuanto más lejos quieras llegar —Ishigaki, Iriomote, Yonaguni—, más dependes de vuelos y ferris cortos, y más caro sale un tifón. Entre agosto y septiembre conviene dejar dos días de colchón antes del vuelo de vuelta, o directamente elegir otro mes.
Y si lo que te sobra es tiempo y lo que te falta es presupuesto, el invierno tiene un argumento honesto: no vas a bañarte, pero vas a ver ballenas, cerezos en enero y un archipiélago que en esos meses vuelve a pertenecer a quien vive en él.



