Islandia se anuncia en dos versiones que no encajan entre sí. Una es la del verano: sol de medianoche, carreteras abiertas, prados verdes, ese país donde a la una de la madrugada todavía se puede leer un mapa en la calle. La otra es la del invierno: cielo negro, auroras verdes, hielo, la fotografía por la que muchos viajan. Son la misma isla en momentos opuestos, y ninguna de las dos se solapa con la otra, porque la aurora necesita justo lo que el verano ha eliminado.

Salvo durante unas semanas. Septiembre es el mes bisagra en que la noche regresa a Reikiavik mientras el país todavía funciona en modo verano: los días siguen siendo largos, las carreteras siguen abiertas, el mar sigue transitable y, sin embargo, a partir de cierta hora ya está oscuro de verdad. Es la única ventana del año en que puedes pasar el día fuera y la noche mirando el cielo sin renunciar a nada.

Crepúsculo largo sobre la marisma de Grótta, en el borde de la ciudad, con nubes teñidas de rosa reflejadas en el agua quieta y siluetas de postes.
Grótta, en el extremo oeste del área urbana, después de la puesta de sol. En septiembre el crepúsculo aún dura mucho, pero después llega algo que en junio no existía: la noche.Simaron / Wikimedia Commons / CC BY-SA 2.0·Creative Commons Attribution-ShareAlike 2.0 Generic

01 Dos Islandias que no se tocan

El problema del verano islandés no es el clima, sino la luz. En junio no anochece: hay claridad continua, lo que resulta extraordinario durante tres días y agotador a partir del cuarto. Se duerme mal, se pierde la noción del horario y la mitad del catálogo del país —las auroras, el cielo estrellado, la sensación de latitud extrema— simplemente no está disponible. Además es temporada alta: los precios suben y los sitios más conocidos se llenan.

El invierno tiene el defecto simétrico. En diciembre Reikiavik apenas reúne cuatro o cinco horas de luz, y esa luz es baja y rasante. La ciudad se vuelve hermosa y muy habitable puertas adentro, pero el país se cierra: muchos caminos secundarios quedan impracticables, las excursiones dependen del parte meteorológico y cada salida se convierte en un cálculo. Ves auroras, con suerte, y no ves casi nada más.

Tres momentos que explican el año islandés

JunSin noche

Luz continua y todo abierto, pero cero auroras y precios de temporada alta.

SepEl solape

Día largo, noche oscura, país accesible y menos gente. Las dos Islandias a la vez.

DicSin día

Cuatro o cinco horas de luz. Ciudad hacia dentro y campo casi cerrado.

02 Septiembre devuelve la oscuridad

La temporada de auroras se abre más o menos con septiembre y se extiende hasta bien entrada la primavera. No es que en septiembre haya más actividad solar que en julio: es que por fin hay cielo oscuro donde verla. En este mes la franja útil suele estar entre las nueve de la noche y las dos de la madrugada, un horario razonable que no obliga a levantarse a las tres ni a esperar despierto hasta el amanecer.

Reikiavik ayuda más de lo que parece. La ciudad es pequeña y baja, y su borde occidental —la punta de Grótta, en Seltjarnarnes— está a un paseo o a un trayecto corto del centro: allí se acaba el alumbrado, el mar abre el horizonte hacia el norte y basta con darse la vuelta para dejar las luces detrás. Pocas capitales permiten pasar de una calle iluminada a un cielo utilizable en veinte minutos.

La aurora no depende del frío, sino de la oscuridad. Por eso el mes clave no es el más gélido, sino el primero que vuelve a tener noche.

03 Y todavía se puede llegar a los sitios

La otra mitad del argumento es logística, y es la que separa septiembre de octubre o noviembre. En septiembre el país sigue en horario de verano largo: las excursiones diarias desde Reikiavik funcionan con normalidad, la costa sur se recorre sin dramas, los barcos siguen saliendo y las horas de luz alcanzan de sobra para una jornada completa fuera de la ciudad y una vuelta con tiempo.

Eso sí, la ventana se estrecha a lo largo del mes. Las pistas de montaña del interior son las primeras en cerrarse cuando entra el mal tiempo, y hacia el final de septiembre conviene dar por hecho que el altiplano ya no es un plan. La regla práctica es simple: cuanto antes en el mes, más se parece al verano; cuanto más tarde, más se parece al otoño del norte.

Piscina exterior de Laugardalslaug bajo un cielo nublado, con bañistas dispersos en el agua y una pasarela curva al fondo.
Las piscinas geotérmicas al aire libre siguen abiertas todo el año, con el agua caliente y el cielo gris. En septiembre, salir del agua ya se nota.Christian Bickel fingalo / Wikimedia Commons / CC BY-SA 2.0 DE·Creative Commons Attribution-ShareAlike 2.0 Germany

04 El color del brezo y el final del verano

Hay además un cambio de paleta que casi nadie anuncia. Islandia no tiene bosques que se pongan dorados, pero sí tiene brezo, arándanos y musgo, y en septiembre esa alfombra baja vira a rojo óxido, ocre y morado sobre la roca negra. Desde cualquier altura cercana a Reikiavik, el paisaje deja de ser verde y gris para volverse cobrizo. Es un otoño a ras de suelo, y dura poco.

Es también el mes en que el campo islandés cierra su ciclo: las ovejas que han pasado el verano sueltas en las tierras altas se recogen y se separan en los apriscos, una faena colectiva que sigue marcando el calendario rural. Y en la ciudad ocurre algo paralelo: a partir de finales de septiembre empiezan a salir los libros del año, el arranque de la avalancha editorial que ocupará el otoño. Fuera se recoge el ganado; dentro se recogen los lectores.

05 Lo que septiembre te cobra

Conviene ser honesta con las contrapartidas. Septiembre es un mes inestable: llueve con frecuencia, el viento puede ser fuerte y no es raro que un día completo se vaya en nubes bajas. La aurora, además, no se compra: se necesitan cielo despejado y actividad solar, y tres noches seguidas de nubes son un desenlace perfectamente posible. Quien viaje con la aurora como único objetivo tiene que aceptar que puede volver sin ella.

Explanada nevada junto al puerto de Reikiavik al atardecer, con el edificio de vidrio oscuro de la sala de conciertos Harpa al fondo.
Lo que viene después: el invierno junto al puerto, con la nieve cubriéndolo todo y muy pocas horas de luz. Espectacular, pero con la mitad del país fuera de alcance.Tristan Ferne / Wikimedia Commons / CC BY 2.0·Creative Commons Attribution 2.0 Generic

Tampoco es el mes más barato del año: la temporada alta afloja, pero no se desploma hasta octubre y noviembre, y en un país caro esa diferencia se nota. Si tu prioridad es el precio, el otoño avanzado o la primavera temprana te saldrán mejor. Si tu prioridad es caminar con luz larga y prados verdes, el mes es mayo. Septiembre no gana en ninguna categoría por separado.

Gana en la suma. Es el único momento del año en que puedes pasar el día en la costa, volver a la ciudad con luz, meterte en una piscina geotérmica al aire libre cuando ya refresca y salir después a mirar un cielo que vuelve a estar negro. Si la pregunta es cuándo se entiende Reikiavik —cuándo el país enseña a la vez sus dos caras y no te obliga a elegir— la respuesta es este mes de bisagra, justo cuando la noche regresa y todavía no ha cerrado nada.

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Ana Larrea

Editora de When To Go — Ritmos y Transformaciones Estacionales · Flowtravel

Ana Larrea observa cómo los destinos cambian con el tiempo para entender cuándo expresan mejor su identidad.