01 Ciento treinta y nueve coma siete
Conviene traducir el porcentaje a lo que significa. Un crecimiento del 139,7 % en diez años quiere decir que la ciudad pasó a tener casi dos veces y media la población que tenía al empezar la década. En términos de vivienda, agua, transporte y colegios, eso equivale a construir una segunda ciudad y media encima de la primera.
El punto de referencia disponible es el censo de 2006, que dio 776.298 habitantes. Ese dato cae justo en mitad de la década del salto, así que sirve para dimensionar el punto de partida más que el de llegada. La ciudad se había convertido en capital solo quince años antes, el 12 de diciembre de 1991.
02 Un plan pensado para otro ritmo
El plan preveía anillos que se irían añadiendo por orden. La ciudad llegó antes que los anillos.
Para entender por qué esa cifra importa hay que mirar cómo estaba dibujada la ciudad. El plan director lo entregó en febrero de 1979 el consorcio International Planning Associates, encabezado por el estudio Wallace, Roberts, McHarg & Todd, y el arquitecto japonés Kenzo Tange afinó los distritos centrales.
Su estructura es concéntrica y por etapas: cinco fases que se despliegan desde el monolito de Aso Rock hacia fuera, abarcando más de cincuenta distritos. Cada fase es un anillo, y la idea es que el anillo siguiente se construya cuando el anterior esté completo. Es un modelo ordenado y perfectamente razonable.
El modelo tiene una condición implícita que no siempre se enuncia: que el crecimiento llegue al ritmo previsto. Un plan por fases funciona cuando la demanda de suelo avanza más despacio que la ejecución de las infraestructuras. Cuando ocurre al revés, la gente se instala donde puede antes de que el anillo exista.

03 Lo que se ve en la calle
El resultado se lee bien recorriendo la ciudad, y es lo que hace de Abuya un caso de estudio a pie de calle. En los distritos centrales, los primeros del plan, todo responde al dibujo: avenidas de anchura generosa, manzanas regulares, arbolado plantado en línea y edificios institucionales exentos y separados entre sí.
Esa holgura es la firma de una ciudad planificada de una vez, y también su peculiaridad más visible. Las avenidas del centro están claramente sobredimensionadas para un peatón: se cruzan en varios tiempos y las distancias entre piezas se miden en kilómetros, no en manzanas.
A medida que se sale hacia los anillos posteriores, la relación entre plano y ciudad se va soltando. Aparecen tejidos más densos, edificación más improvisada y un ritmo urbano distinto. No es un defecto de ejecución: es la huella física de un crecimiento que fue mucho más rápido de lo que preveía el papel.
04 Cómo mirarlo
La forma útil de recorrer Abuya con esta idea en la cabeza es hacerlo en orden cronológico, que aquí coincide con el orden geográfico. Se empieza en los distritos centrales, junto a la roca, y se va saliendo. Cada anillo corresponde a un momento distinto, y la diferencia entre ellos es perfectamente legible.
Merece la pena fijarse en tres cosas concretas: el ancho de la calzada, la distancia entre edificios y el estado del arbolado de alineación. Las tres cambian de forma clara al pasar de una fase a otra, y las tres cuentan cuándo se construyó cada trozo mejor que cualquier placa.

Y hay una conclusión que va más allá de esta ciudad. Abuya es una de las pocas capitales del mundo construidas enteras a partir de un plano, y es también la que sometió ese plano a la prueba de crecimiento más dura que se conoce. Lo que se ve al recorrerla no es un plan fallido: es un plan alcanzado por la realidad.


