01 Cajas con proverbios

El nombre explica la lógica entera. La forma no se elige por capricho estético: dice algo sobre la persona a la que va destinada. Un pez para un pescador, una camioneta para un transportista, una vaina de cacao para quien vivió del cacao, un avión para quien viajó o quiso viajar. El objeto funciona como una frase.

Y eso convierte una calle de talleres en algo bastante distinto de lo que parece. Lo que se ve alineado en la acera no es un catálogo de curiosidades: es una colección de biografías resumidas en un objeto, hechas a mano, en madera, por encargo y con plazo.

Patio cubierto de un taller de carpintería: en primer plano, apoyado en el suelo de arena y serrín, hay un ataúd de madera con forma de camioneta cisterna, con la cabina pintada de azul muy claro, parabrisas y ventanillas, rejilla y faros redondos delante, una matrícula amarilla con letras y números, y detrás un depósito cilíndrico de color pardo rojizo; a su izquierda, sobre unos caballetes de madera, descansa un ataúd convencional de tapa curva barnizada en rojo oscuro con asas doradas; alrededor hay pilares de hormigón sin revestir, una silla de madera, montones de arena, tablones apilados y una pared de bloques; no se ve a nadie.
Los dos tipos, uno al lado del otro: un ataúd convencional barnizado y otro con forma de camioneta cisterna. En el mismo taller se hacen los dos.René Edward Knupfer-Müller / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

02 Una vaina de cacao, en los años cincuenta

La tradición tiene fecha y tiene nombre. Se atribuye a Seth Kane Kwei, carpintero de Teshie, a comienzos de los años cincuenta. Según el relato que se repite en la propia familia, Kane Kwei había construido un palanquín con forma de vaina de cacao que su destinatario no llegó a usar, y terminó sirviendo de ataúd.

Un carpintero de barrio, un encargo que se quedó sin dueño y una idea que setenta años después está en los museos de medio mundo.

El taller que fundó sigue existiendo en Teshie y lo llevan sus descendientes. A su alrededor creció un oficio entero: hoy hay varios talleres reconocidos en la zona y una nómina de nombres —Paa Joe, Daniel Mensah, Kudjoe Affutu, Eric Adjetey Anang— que trabajan cada uno con su estilo y sus encargos.

Conviene subrayar lo que eso significa: no es una artesanía antigua ni un resto de otra época. Es una invención del siglo XX, con autor conocido, que se sigue practicando como negocio y que ha evolucionado en setenta años como evoluciona cualquier oficio vivo.

Vista vertical del interior de un taller, con varias piezas figurativas apiladas y apoyadas unas contra otras: en primer término, la cola y el cuerpo de un pez de madera con las escamas pintadas en plata y rosa; detrás y a los lados, la vaina verde alargada de un fruto, el fuselaje blanco de un avión con el ala extendida, una vaca de madera pintada de blanco con manchas negras y el morro de una camioneta; el suelo es de tablas gastadas y hay herramientas, botes de pintura y recortes de madera dispersos; al fondo, la nave se abre a la calle, donde se distinguen tejados de chapa y un vehículo rojo.
Piezas terminadas esperando en el taller. Cada una responde a un encargo concreto y a un oficio, no a un catálogo.René Edward Knupfer-Müller / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

03 Del taller al museo

El recorrido de estas piezas fuera de Ghana es la parte que sorprende a casi todo el mundo. Desde estos talleres han salido obras que se han expuesto en museos, galerías y festivales de arte de todo el planeta, y varios de sus autores están reconocidos internacionalmente como artistas por derecho propio.

Esa doble vida produce una situación poco habitual. La misma pieza puede acabar en una sala de exposiciones con cartela y focos o bajo tierra en un cementerio de la periferia, según quién la haya encargado. El objeto es idéntico; lo que cambia es el destino.

Callejón estrecho y vacío entre construcciones bajas: a la izquierda, la fachada lateral encalada en crema de una casa con una puerta de madera verde grisáceo y una ventana enrejada; en el centro, al fondo, un edificio amarillo con cubierta de chapa y una motocicleta negra aparcada contra la pared; a la derecha, un muro de bloques de hormigón cubierto de principio a fin por un grafiti de letras muy grandes en naranja, negro y amarillo, con la cara estilizada de una máscara de rasgos alargados pintada en tonos dorados en el centro; el suelo es de gravilla y arena, y el cielo, arriba, es azul claro sin nubes.
Un muro pintado en la ciudad vieja. La escena visual de Acra vive en la calle y en los talleres mucho antes que en las salas de exposición.Alexandre Ultré / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0·CC BY-SA 3.0

04 Qué hacer con esto

Lo primero, tratarlo como lo que es. Los talleres son negocios abiertos a la calle y se puede entrar a mirar, pero lo que hay dentro son encargos para funerales de familias reales. Preguntar antes de fotografiar y no manipular las piezas es la diferencia entre una visita y una intrusión.

Lo segundo, no reducirlo a lo pintoresco. Es fácil quedarse en la anécdota del zapato gigante y perderse lo que de verdad tiene interés: un oficio de carpintería de altísimo nivel técnico, con soluciones de ensamblaje y de acabado que se aprenden en el taller y que llevan setenta años perfeccionándose.

Y lo tercero, usarlo para leer la ciudad. Acra se presenta como una capital sin patrimonio visible, y en parte lo es: no hay conjunto monumental. Pero tiene una cultura material propia, viva y reconocida fuera, que no está en ningún museo del centro sino en una calle de talleres de la periferia. Saber dónde mirar cambia por completo el viaje.

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LM

Lucía Montes

Editora de Vale la Pena Saber · Flowtravel

Lucía persigue el dato que cambia cómo miras un sitio.