01 Una llanura que se construyó

El matiz importa más de lo que parece. Una ciudad puede colocarse junto a una llanura fértil y aprovecharla; eso es lo habitual. Aquí ocurrió al revés: primero se eligió una cresta defensiva, y después hubo que fabricar la despensa que esa cresta no tenía. El paisaje agrícola es consecuencia de la decisión urbana, no su causa.

Mosaico de arrozales inundados visto desde una altura: decenas de parcelas irregulares de distinto tamaño se encajan unas con otras como piezas de un rompecabezas, separadas por caballones estrechos de tierra oscura que dibujan una retícula quebrada; unas están cubiertas por una lámina de agua quieta que refleja el cielo en gris plateado, otras muestran la plántula recién trasplantada en verde tierno y unas pocas están aún en barro pardo; en el centro destaca una parcela de un verde amarillento muy vivo; a la derecha, un árbol solitario de copa redonda sobre un bancal de tierra roja.
El dibujo de parcelas y caballones de un arrozal irrigado. Cada línea de tierra oscura es un dique que retiene el agua a una cota concreta.BMR & MAM / Wikimedia Commons / CC BY-SA 2.0·CC BY-SA 2.0

La ingeniería es más sofisticada de lo que aparenta a primera vista. Un arrozal irrigado no es un campo encharcado: es una escalera de parcelas, cada una a una cota ligeramente distinta, separadas por caballones que retienen el agua y permiten llenarlas y vaciarlas por orden. Mantener eso en una llanura inundable exige diques mayores que regulen la crecida.

02 Por qué la ciudad está arriba

La llanura se inunda a propósito. Por eso la ciudad histórica no bajó nunca a vivir en ella.

Aquí se cierra el círculo con la forma de la ciudad. Antananarivo se estructura en tres niveles —la ciudad alta en la cresta, la media en las laderas y la baja en el llano— y la razón de que lo permanente esté arriba es exactamente la misma que la razón de que el arroz esté abajo: el fondo del valle se inunda.

Y se inunda de forma muy previsible. Entre noviembre y marzo caen 117, 226, 312, 237 y 156 milímetros de lluvia, más del noventa por ciento del total anual, en tormentas de tarde que se montan sobre las Tierras Altas. Ese pulso de agua concentrado es justo lo que un arrozal necesita y justo lo que una vivienda permanente no puede aguantar.

Panorámica muy apaisada tomada desde lo alto de la colina del palacio: la ciudad ocupa por completo el encuadre, descendiendo por la ladera en un manto continuo de construcciones bajas y medianas de tejado claro y rojizo, muy juntas, que llega hasta el fondo del valle y vuelve a subir por las colinas de enfrente; a la derecha se abre una lámina de agua alargada con una isleta arbolada en el centro, y más allá se ven cerros pelados de perfil suave y parcelas verdes en el llano; en primer plano, por la derecha, se recorta a contraluz la hoja de una palmera.
La ciudad desde la cresta, con el llano al fondo. Lo construido ocupa la altura; el llano queda para el agua y el cultivo.Cactus0625 / Wikimedia Commons / CC0·CC0 1.0

03 La otra cosecha: el ladrillo

Lo que casi nadie relaciona es que de esa misma llanura sale el segundo material que define la ciudad. La arcilla del fondo del valle se extrae, se moldea en adobes y se cuece en hornos improvisados montados entre las parcelas. El resultado es el ladrillo con el que están construidas las casas altas y estrechas de la ladera.

El horno es una construcción notable por lo económica. No hay estructura fija: se apilan los propios ladrillos crudos formando las paredes de un bloque hueco, se deja dentro el combustible, se sella el conjunto con tierra y cascote y se enciende. Cuando termina la cocción, el horno se desmonta y lo que queda son los ladrillos. El horno era el producto.

La ciudad vista desde una altura, extendida sobre una sucesión de colinas: el caserío cubre las laderas por completo, con casas altas y estrechas de dos y tres plantas, fachadas encaladas o de ladrillo visto y cubiertas muy inclinadas de teja roja, apretadas unas contra otras sin apenas espacio libre; entre ellas asoman algunos bloques modernos de más altura, arbolado disperso y dos o tres árboles en flor de color violeta; al fondo, más colinas edificadas se pierden en una calima azulada, y el cielo está ocupado por una masa de cúmulos blancos.
El caserío de la ladera, levantado en ladrillo cocido. El material sale de la llanura que se ve al fondo desde cualquier mirador.Bluerose25 / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

De ahí sale la gama cromática de la ciudad: el rojo terroso del ladrillo visto y de la teja, alternado con el blanco de la cal. No es una elección estética, es la del material que estaba a menos de un kilómetro cuesta abajo. Y por eso el color de las casas y el color de la tierra del valle son exactamente el mismo.

04 Cómo mirarla

Lo mejor es verla desde arriba, y para eso sirve cualquiera de los miradores de la cresta. Desde ahí el llano no parece campo abierto, sino una superficie dividida en cientos de parcelas de tamaños distintos, cosida por líneas de tierra. Sabiendo que ese dibujo es una obra hidráulica y no un accidente, la vista cambia de significado.

El momento del año importa. Entre noviembre y marzo las parcelas están inundadas y el sistema se lee entero: cada caballón separa dos láminas de agua a cotas distintas, y el reflejo del cielo dibuja la retícula. En la estación seca, de abril a octubre, se ve el verde del arroz o el pardo del rastrojo, y los diques se difuminan.

Y merece la pena buscar los hornos, que están repartidos entre las parcelas y se distinguen porque son bloques rectangulares de color arena en un paisaje verde o plateado. Cuando localizas uno, la conexión se hace sola: el arroz de abajo y los muros de arriba salen del mismo barro.

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LM

Lucía Montes

Editora de Vale la Pena Saber · Flowtravel

Lucía se detiene en lo que un lugar da por supuesto y nadie explica.