Contado así suena a error de planificación. Pero las dos actividades llevan más de sesenta años coexistiendo, y entender por qué explica bastante sobre cómo funciona este trozo de costa.
Las dos están aquí por la misma razón física: una laguna somera, protegida, de agua muy salada, en el borde de un desierto donde casi nunca llueve.
01 Treinta y tres mil hectáreas de estanques

La salina se montó en 1957 para abastecer de sal al oeste de Estados Unidos, aprovechando la fuerte salinidad de la laguna. Alrededor de ella creció un pueblo que hoy tiene unos trece mil habitantes y que existe por eso y por nada más.
El procedimiento es de una simplicidad total: se bombea agua de mar a estanques de concentración, se deja que el sol y el viento hagan el resto y se recoge la sal que queda. Los estanques ocupan 33.000 hectáreas, y la producción ronda los siete millones de toneladas anuales.
De ahí sale la escena que ves desde la carretera: camiones enormes arrastrando volquetes cargados de blanco sobre caminos blancos, entre láminas de salmuera que, según la concentración y los microorganismos que la habitan, se vuelven rosadas.
Siete millones de toneladas al año salen de dejar el mar al sol en un sitio donde casi nunca llueve.
02 Por qué la sal sale precisamente aquí
Una salina solar necesita tres cosas: agua de mar a mano, terreno llano y muy poca lluvia. Aquí se dan las tres con una generosidad difícil de igualar en ningún otro sitio del mundo.
La laguna nació como una playa encajada en la llanura costera cuando el nivel del mar estaba unos doce metros por debajo del actual. Las mareas abrieron canales y el sedimento fue levantando una barrera que acabó cerrando el conjunto: por eso es somera, ancha y protegida.
A eso se suma el clima. En esta franja el desierto llega hasta la orilla y la lluvia anual se mide en decenas de milímetros, así que la evaporación gana siempre y la salinidad sube sola. Lo que en otros litorales sería un problema, aquí es la materia prima.
03 Once mil kilómetros para parir

La ballena gris hace la migración más larga que se conoce en un mamífero. Cada octubre sale de los mares de Bering y de Chukchi y baja durante dos o tres meses hasta estas lagunas, entre 8.000 y 11.000 kilómetros en un solo sentido.
Viaja de día y de noche, a unos 8 kilómetros por hora, cubriendo del orden de 120 al día. El viaje de ida y vuelta suma entre 16.000 y 22.000 kilómetros, y lo repite todos los años un animal que mide hasta 15,2 metros y pesa entre 41 y 45 toneladas.
Y viene a un sitio donde no hay comida. Las lagunas no son despensa sino maternidad: agua somera, templada y protegida del oleaje y de los depredadores, exactamente lo que necesita una cría recién nacida. Comer, come en el norte.
04 De coto de caza a santuario
La historia de la laguna tiene un punto de inflexión brutal. En diciembre de 1857 un ballenero entró por primera vez con su barco a cazar dentro, y en esa primera campaña se llevó veinte animales. Volvió al invierno siguiente con más barcos.
La lógica era la del atajo: en mar abierto la ballena es difícil de encontrar; en una laguna cerrada, con madres y crías dentro, no. La población quedó al borde de desaparecer, y el mismo hombre que dirigió aquellas campañas escribió después una de las primeras descripciones científicas de la especie.
El giro llegó en el siglo XX. La reserva de la biosfera se creó en 1988 y abarca 24.930 kilómetros cuadrados, la mayor área protegida del país; la laguna es además sitio Ramsar desde 2004 y forma parte de un santuario declarado patrimonio mundial. La misma agua, el uso contrario.
05 Una convivencia que se ha discutido

Sería cómodo contar esto como un ejemplo redondo de industria y naturaleza en armonía, pero no lo es. El proceso deja un residuo, una salmuera muy concentrada llamada agua madre, que se devuelve a la laguna.
En diciembre de 1997 aparecieron 94 tortugas verdes muertas semanas después de un vertido de ese residuo, y los análisis encontraron concentraciones de flúor sesenta veces superiores a las del agua de mar. La empresa había sostenido que el residuo solo era agua marina concentrada.
Contarlo no le quita mérito al santuario ni convierte la salina en un villano de manual: es simplemente lo que hay. Dos usos intensivos del mismo cuerpo de agua, con una regulación que se ha ido apretando a golpe de episodios como ese.
06 Qué mirar si vas
Lo primero, el color del agua. En los estanques verás desde el verde pálido hasta el rosa intenso, y ese gradiente no es decorativo: marca la concentración de sal y los organismos que aguantan en cada tramo. Es un mapa químico a cielo abierto.
Lo segundo, la piel de las ballenas. Las manchas claras que les cubren la cabeza y el lomo no son pigmentación: son percebes y crustáceos adheridos, y la cantidad que acumula un animal dice bastante sobre su edad y sus rutas.
Y lo tercero, el calendario. Las salidas se hacen con permiso y en temporada, entre diciembre y abril, con el centro en febrero. Fuera de esos meses la laguna sigue ahí, pero está vacía: verás salina, aves y desierto, que tampoco es poco.



