01 Trescientos cincuenta de setecientos
La cifra es la que hace que esto merezca un viaje. En todo el planeta se conocen alrededor de setecientos volcanes de lodo. De ellos, unos trescientos cincuenta están en este país, es decir, aproximadamente la mitad. Y la mayor concentración se encuentra en la franja oriental, junto al Caspio y a poca distancia de la capital.
Conviene entender por qué se concentran aquí, porque es la parte interesante. Un volcán de lodo se forma donde hay gas a presión atrapado en capas sedimentarias profundas: el gas empuja hacia arriba, arrastra agua y arcilla, y todo eso sale a la superficie. Es decir, la misma estructura geológica que llenó de hidrocarburos el subsuelo de esta península es la que fabrica los conos de barro.

02 Qué es exactamente lo que sale
Conviene ajustar la expectativa antes de ir, porque la palabra volcán promete otra cosa. Aquí no hay lava, ni calor, ni columna de humo. Hay conos de entre medio metro y varios metros de altura, con un cráter en la punta lleno de barro gris que burbujea despacio. El lodo sale frío: se puede meter la mano.
Y eso, que parece una decepción, es justo lo que lo hace memorable. Estás delante de un paisaje que se comporta como una maqueta de volcán a escala doméstica, con coladas de barro de un metro, cráteres del tamaño de un plato y erupciones que suenan como una olla. Se puede rodear, agachar y mirar de cerca, cosa que ningún volcán de verdad permite.
La misma estructura geológica que llenó de petróleo el subsuelo es la que fabrica los conos de barro.
03 A diez kilómetros, seis mil grabados
Y aquí está la razón por la que esta salida compensa el traslado. En la misma zona, a poca distancia de los conos de barro, está el paisaje cultural de arte rupestre de Gobustán, inscrito en la lista del Patrimonio Mundial en 2007 por su conjunto de más de seis mil grabados que van desde el décimo milenio antes de nuestra era hasta la Edad Media.

El conjunto se recorre por pasarelas entre bloques de roca desprendidos que forman abrigos y pasadizos. Los grabados no están señalizados uno a uno y hay que buscarlos: son líneas incisas poco profundas que aparecen y desaparecen según cómo dé la luz. Con sol de mediodía cuesta verlos; a primera hora o a última, saltan a la vista.
04 Cómo verlo

El orden que funciona es hacer las dos cosas el mismo día y en este orden: primero el arte rupestre, temprano, con la luz baja que hace legibles los grabados; después los volcanes de lodo, que se ven igual de bien a cualquier hora. Entre uno y otro hay pocos kilómetros.
Dos avisos prácticos. El último tramo hasta los conos es pista sin asfaltar y suele hacerse en vehículo todoterreno, que se contrata allí mismo; con un coche normal no siempre se llega. Y el barro mancha de verdad: es arcilla gris muy fina que se agarra al calzado y a la ropa, así que no vayas con nada que te importe.
Y una idea para el camino de vuelta. Esta excursión y la ciudad cuentan lo mismo desde dos lados. En Bakú, el gas y el petróleo del subsuelo aparecen convertidos en murallas restauradas, mansiones y torres de vidrio. Aquí, a una hora, el mismo subsuelo se expresa sin intermediarios: empujando barro frío hacia la superficie, como lleva haciendo desde mucho antes de que nadie perforara nada.
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