01 Ochenta y ocho islas

El aislamiento explica buena parte de la historia. No hay puentes, no hay aeropuertos y los canales son poco profundos y muy cambiantes con la marea, de modo que llegar a las islas siempre ha sido cuestión de barco y de conocer el agua. Esa dificultad ha preservado formas de organización que en el continente se han ido diluyendo.

Y explica también la escala: de las ochenta y ocho islas, solo una parte está habitada de forma permanente. El resto son bosques, palmerales, manglares y playas a las que se llega en piragua, y que en muchos casos se usan de manera estacional en lugar de vivirse todo el año.

Panorámica muy alargada de una isla baja vista desde el agua: en primer plano, la mitad inferior del encuadre la ocupa un mar de color gris verdoso, liso y sin apenas oleaje; en el centro se extiende de lado a lado la orilla de la isla, con una franja estrecha de arena clara y algunos bloques de roca oscura al borde del agua; sobre ella crece una masa continua y muy densa de palmeras y arbolado tropical de copas redondeadas, todo del mismo verde oscuro, sin una sola construcción visible; el cielo, arriba, es una franja blanca y uniforme, sin nubes definidas.
Una de las islas vista desde la de al lado. Ni una construcción a la vista: buena parte del archipiélago está así.Mooonswimmer / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

02 La línea materna

El detalle que más sorprende al viajero es el del matrimonio. En la sociedad bijagó es la mujer quien elige, y la elección se comunica con un gesto concreto: se deja un plato de comida preparado en la casa del hombre elegido. Si él acepta, se lo come; y a partir de ahí el marido pasa a vivir en la casa de ella.

Cuatro clanes, y a todos se pertenece por parte de madre. El apellido, la tierra y el lugar en la comunidad no bajan del padre: bajan de ella.

Pero lo que de verdad estructura la sociedad no es esa costumbre sino el sistema de clanes. Los bijagós se organizan en cuatro clanes matrilineales, y la pertenencia se transmite siempre por parte de madre. De ahí se derivan cosas mucho más prácticas: quién hereda la tierra, quién administra los recursos de una aldea y quién tiene voz en las decisiones que afectan a la familia y a la comunidad.

Conviene decirlo sin exagerar en ninguna dirección. No es una inversión simétrica de otras sociedades ni un lugar sin desigualdades; es un sistema propio, con sus reglas, en el que la línea materna determina la pertenencia y en el que las mujeres tienen un peso en la propiedad y en la decisión que sorprende a quien llega con otras expectativas.

Playa al atardecer con la marea muy baja: el sol, bajo y velado por las ramas y las hojas de un árbol que entra por la esquina superior izquierda, deja un reguero de luz dorada sobre la arena mojada; en primer plano se extiende una franja ancha de arena clara, seca y con marcas de pisadas, y detrás una llanura de arena húmeda que refleja el cielo; a la izquierda, la orilla se cierra con una masa oscura de palmeras y arbolado en silueta, con una figura pequeña de pie junto al agua; a lo lejos, varias canoas quedan varadas sobre el fango y en el horizonte se distingue la línea baja de otra isla; el cielo, arriba, está veteado de nubes finas y grises.
Marea baja en una isla del archipiélago, con las canoas varadas. El agua marca los horarios y las distancias de la vida en las islas.Jesica Luis Mendes / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

03 Reserva de la biosfera desde 1996

El archipiélago no está reconocido solo por su organización social. En 1996 la UNESCO lo declaró reserva de la biosfera con el nombre de Bolama-Bijagós, y su valor natural es de primer orden: manglares, sabanas, palmerales y bosque tropical repartidos en un mosaico de islas y bajíos.

Las cifras de fauna acompañan. Es el sitio más importante de África occidental para la puesta de la tortuga verde y el segundo para las aves migratorias, con alrededor de un millón de aves cada año. Y en sus aguas y sus islas viven delfines, manatíes e hipopótamos, en un entorno donde el agua salada y la dulce se mezclan.

Las dos cosas están conectadas y ese es el punto. El sistema de gestión comunitaria de la tierra y de los recursos —el que administran mayoritariamente las mujeres— es una de las razones que se citan al explicar por qué estas islas han llegado hasta hoy en el estado en que están.

La ciudad vista por encima de las copas de los árboles en un día encapotado: los dos tercios inferiores del encuadre los ocupa una masa continua de arbolado de un verde intenso, con mangos, palmeras y trepadoras que tapan por completo el suelo; entre las copas y hacia el fondo asoman los tejados de teja anaranjada y de chapa de un barrio de casas bajas, alguna fachada pintada de verde y de amarillo, un depósito elevado y una antena; sobre todo ello, una franja de cielo blanco y uniforme, sin sol.
La capital, en el continente, a unas horas de barco del archipiélago. Las dos realidades del país están muy cerca y funcionan de forma muy distinta.Bnhamadjo / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0·CC BY-SA 3.0

04 Qué hacer con esto

Lo primero, no convertirlo en atracción. Esto no es una costumbre que se exhiba ni un recorrido que se contrate: es la manera en que están organizadas unas comunidades que viven en sus islas. Lo que corresponde al visitante es entenderlo, no ir a verlo, y desde luego no fotografiar a la gente sin permiso.

Lo segundo, ajustar la expectativa práctica. Llegar a las islas es cuestión de barco y de marea, y de hacerlo en la estación seca, entre noviembre y abril, cuando el mar está en calma y las travesías son fiables. Entre junio y septiembre todo se complica: 371 milímetros de lluvia en julio y 468 en agosto.

Y lo tercero, usar el dato para leer el país entero. Guinea-Bisáu se presenta como una capital pobre en un continente lleno de capitales pobres, y esa lectura se queda muy corta. Enfrente de esa ciudad hay un archipiélago con una organización social propia y con la mayor zona de puesta de tortuga verde de África occidental. Lo interesante no está en tierra firme.

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LM

Lucía Montes

Editora de Vale la Pena Saber · Flowtravel

Lucía persigue el dato que cambia cómo miras un sitio.