01 Lo que dice la piedra
En 782 a. C., el rey urartiano Argishti I mandó levantar una fortaleza sobre la colina de Arin-Berd, en el extremo sureste del valle. Y dejó constancia del hecho en una losa de basalto, en escritura cuneiforme. El texto es escueto y administrativo: dice que construyó esa fortaleza poderosa y que le puso por nombre Erebuni.
Esa losa se conserva y se expone en el museo que hay al pie de la colina. Merece la pena detenerse en lo que significa: no es una crónica escrita siglos después, ni una tradición oral recogida más tarde. Es el documento contemporáneo del acto, redactado por quien lo ordenó, y sobrevivió porque estaba tallado en basalto.

02 Del nombre de la fortaleza al de la ciudad
Y aquí está el segundo detalle, que es el que cierra el círculo. El nombre que el rey le puso a su fortaleza, Erebuni, es el origen etimológico de Ereván. Es decir, la ciudad sigue llamándose, con dos mil ochocientos años de desgaste fonético, como la llamó el hombre que escribió aquella losa.
Por eso la fecha de la inscripción se toma como fecha de fundación de la capital, y por eso Ereván puede decir con documento en la mano que tiene más de 2.800 años. Es una continuidad rara: el nombre sobrevivió a la fortaleza, al reino que la construyó y a la lengua en que se escribió.
El nombre sobrevivió a la fortaleza, al reino que la construyó y a la lengua en que se escribió.
03 Lo que queda arriba
Conviene ajustar la expectativa antes de subir. Lo que hay en la cima no es una fortaleza en pie: son cimientos, zócalos de muro y trazas de habitaciones excavadas, con algunos lienzos restaurados y protegidos con cubiertas modernas. Se recorre en media hora larga y hay que leerlo con el plano delante.

Lo que sí compensa por sí solo es la posición. Desde arriba se entiende por qué se eligió esa colina: domina toda la llanura y se ve venir cualquier cosa desde muy lejos. Es exactamente el mismo razonamiento que aplicaron los fundadores de media Europa, con la diferencia de que aquí se puede fechar.
04 Cómo verlo

El orden que yo seguiría es al revés del habitual: primero el museo, para ver la losa y entender qué estás mirando, y después la subida al yacimiento. Al revés, los cimientos de arriba no cuentan gran cosa; con la inscripción vista, el recorrido cambia de sentido.
Dos avisos prácticos. La colina está pelada y expuesta, sin un árbol: en julio y agosto, con máximas de 34 grados, hay que ir a primera hora o a última. Y está en el extremo sureste de la ciudad, a unos veinte minutos en coche del centro, así que no es una parada que se encaje entre dos cosas: es una salida.
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