01 Lo que se hundió en 1628
El 10 de agosto de 1628, el Vasa salió del centro de Estocolmo en su viaje inaugural. Navegó unos mil trescientos metros, disparó una salva de saludo, recibió una racha de viento ligera y escoró bruscamente. El agua entró por las portas bajas, que estaban abiertas, y el barco se fue al fondo en cuestión de minutos, a la vista de la ciudad.
Ahí acaba la historia conocida y empieza la interesante. El barco se quedó abajo trescientos treinta y tres años. En 1956, tras años de búsqueda, el arqueólogo Anders Franzén localizó el pecio; en abril de 1961 se izó a la superficie. Y lo que salió no fueron cuadernas sueltas: salió un barco.

02 El molusco que no vive aquí
En prácticamente cualquier mar del mundo hay un molusco bivalvo que perfora la madera sumergida, el Teredo navalis, conocido como broma. Es el motivo por el que de los naufragios antiguos suele quedar el metal, la cerámica y poco más: la madera desaparece.
El Báltico es una excepción. Está casi cerrado, con una conexión muy estrecha al Atlántico, y recibe una entrada enorme de agua dulce de los ríos. El resultado es un agua salobre, con una salinidad demasiado baja para que ese molusco pueda establecerse. Sin broma, la madera sumergida aguanta siglos en lugar de décadas.
Y hubo dos factores más que jugaron a favor. El agua del fondo está fría y con poco oxígeno, lo que frena mucho la descomposición bacteriana. Y el barco se hundió sobre un lecho de fango blando que cubrió rápidamente la obra viva, creando alrededor de la parte baja del casco un ambiente sin oxígeno. Tres condiciones a la vez, ninguna buscada.
No se conservó por pericia de nadie: se conservó porque a un molusco le falta sal para vivir aquí.
03 Sacarlo fue la parte fácil
Una madera que ha pasado tres siglos empapada se deshace al secarse: pierde el agua que sostiene su estructura y se encoge y se agrieta. Para evitarlo, el barco y los objetos se trataron con polietilenglicol, una sustancia que sustituye al agua dentro de la madera. Las piezas pequeñas se sumergieron en tanques de acero con una disolución calentada a 60 °C y con la concentración subida día a día hasta un 40–45 %.

El problema no terminó ahí, y esta es la parte que casi nunca se cuenta. Desde el verano de 2000 el barco sufre un ataque de ácido: el azufre acumulado en la madera durante los siglos bajo el agua se oxida, se combina con el hierro y la humedad y aflora en la superficie en forma de depósitos amarillos y blancos, sales de sulfato de hierro, algunas con un pH por debajo de 2.
Por eso la sala está climatizada con tanto cuidado: la humedad relativa alrededor del casco se mantiene entre el 51 y el 59 % y la temperatura en torno a 18–20 °C. El polietilenglicol es higroscópico, absorbe y suelta humedad, así que cualquier oscilación mueve agua dentro de la madera y agrava el proceso. El barco no está simplemente expuesto: está en tratamiento permanente.
04 Cómo mirarlo

Un consejo que cambia la visita: no empieces por la popa, que es donde se agolpa todo el mundo. Empieza por abajo, dando la vuelta completa al casco por el nivel más bajo de la sala. Desde ahí se ve la obra viva, el tablazón corrido y la quilla, que es exactamente la parte que quedó enterrada en el fango y la que mejor se conservó.
Y una vez arriba, fíjate en algo concreto: la diferencia de color entre la madera oscura, casi negra, y las piezas de tono claro. Lo oscuro es original; lo claro, en general, es reposición. Ver esa proporción de un vistazo es la mejor manera de entender la magnitud de lo que ese mar sin sal permitió que llegara hasta aquí.
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