La historia tiene tres partes: una coincidencia, una cadena de contratos y una ironía final que se resolvió hace muy poco.

Camino de arena clara bajo una bóveda cerrada de árboles del pan y cocoteros, con la vegetación tocándose por encima y unas figuras pequeñas caminando al fondo.
La calle principal de Funafuti: la dirección postal de un dominio que usa medio internet.Angela K. Kepler / Dominio público·Dominio público

01 Dos letras por accidente

Los dominios de primer nivel territoriales se asignan a partir de los códigos de país de dos letras. A Tuvalu le corresponde TV, igual que a Italia le corresponde IT o a España ES. Nadie eligió nada: el sufijo salió de una tabla.

Lo que convirtió esa coincidencia en un activo fue el significado de esas dos letras en inglés. El dominio se lanzó comercialmente en 1996 y, desde el principio, quedó claro que lo querían empresas de televisión y de vídeo que no tenían la menor relación con el Pacífico.

Es una posición rara: el país no vende un producto, ni un servicio, ni un recurso natural. Vende el derecho a colocar su nombre al final de una dirección.

02 Una cadena de contratos

El primer acuerdo, en 1998, prometía cincuenta millones de dólares por adelantado a cambio de gestionar los registros hasta 2048. La empresa no llegó a pagar y el trato se deshizo. En 1999 entró Idealab con una fórmula más modesta: 12,5 millones por adelantado y un millón cada trimestre durante diez años.

Tampoco salió redondo: el negocio rindió menos de lo esperado y hubo que renegociar, con tres pagos trimestrales condonados a cambio de acciones. El 31 de diciembre de 2001 VeriSign compró la operación por cuarenta y cinco millones y rebajó los pagos trimestrales de un millón a 550.000 dólares.

VeriSign gestionó el dominio veinte años. El 14 de diciembre de 2021 el contrato pasó a GoDaddy, que elevó el pago anual a diez millones de dólares. Veinticinco años de historia empresarial para llegar a donde estaba la promesa inicial.

Orilla de laguna con agua turquesa y verde muy transparente sobre fondo de coral, un muro de hormigón inclinado a la derecha, cocoteros y una casa de chapa, y cúmulos blancos sobre el horizonte.
La orilla de la laguna en Fongafale, con su muro de hormigón y las barcas fondeadas al fondo.Stefan Lins / CC BY-SA 2.0·CC BY-SA 2.0

03 Lo que pesa en un presupuesto pequeño

Para calibrar la cifra hace falta la escala. En 2019, cuando el dominio dejaba unos 5,5 millones de dólares, esa cantidad equivalía al 8,4 % de los ingresos del gobierno de Tuvalu. El pago se ha duplicado desde entonces.

El salto lo explica en buena medida una sola dirección. En 2014 Amazon compró Twitch por mil millones de dólares, y con ello el sufijo dejó de ser una curiosidad para convertirse en la etiqueta de una industria entera. Netflix, Hulu, Fox News o Eurovisión tienen también direcciones .tv.

Ninguna de esas empresas tiene nada que ver con el atolón. La relación es puramente contractual: registran una dirección, pagan una cuota y una fracción de esa cuota llega a un presupuesto que se gestiona desde una oficina de una sola planta en Fongafale.

Edificio bajo de una sola planta con cubierta de chapa azul y carpintería verde, con el rótulo FUNAFUTI INTERNATIONAL AIRPORT sobre la fachada y varias motocicletas aparcadas delante.
El aeropuerto internacional del país: una sola planta, chapa azul y motos aparcadas en la puerta.Michael Coghlan / CC BY-SA 2.0·CC BY-SA 2.0

04 El país que alquilaba lo que no tenía

Aquí está la parte que casi nadie cuenta. Durante décadas, el país propietario del dominio favorito del vídeo en línea no tuvo cable submarino: toda su conexión con el mundo iba por satélite, cara, lenta y sensible a la lluvia fuerte.

Las cifras lo dejan claro. Antes de 2020 el ancho de banda nacional era de 340 megabits por segundo; en junio de ese año un acuerdo lo subió a 640. Seiscientos cuarenta megabits para un país entero, mientras su sufijo servía para distribuir vídeo a escala planetaria.

La situación cambió el 24 de octubre de 2025, cuando se activó el Tuvalu Vaka Cable, el primer cable submarino internacional del país, con cuatro pares de fibra que llegan a Funafuti. Ese mismo año entró en servicio una pasarela satelital de nueva generación con capacidad de hasta tres gigabits.

Casco oxidado de un barco varado y escorado sobre una plataforma de coral cubierta de algas verdes, con agua turquesa muy somera detrás y un cielo azul intenso con nubes bajas en el horizonte.
Un casco varado en el arrecife: durante décadas, todo lo que llegaba aquí llegaba por mar o por satélite.INABA Tomoaki / CC BY-SA 2.0·CC BY-SA 2.0

05 Lo que revela

Un Estado pequeño puede tener un activo enorme sin haber hecho nada para conseguirlo, y puede pasarse veinticinco años negociando para cobrarlo bien. La renta de .tv no es fruto de una industria ni de una política: es el rendimiento de una casualidad tipográfica administrada con paciencia.

Y deja una idea que conviene llevarse antes de aterrizar aquí: lo que este sitio exporta no se ve. No hay fábrica, ni puerto grande, ni campo. La conexión más fuerte de Funafuti con el resto del mundo cabe en dos letras que casi nadie asocia con un atolón.

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LM

Lucía Montes

Editora de Worth Knowing · Flowtravel

Lucía Montes persigue el dato que cambia la forma de mirar un lugar y lo explica hasta el final.