Es una historia con tres partes: un país que no podía entenderse consigo mismo, un idioma que venía de otro sitio y una ciudad nueva que los juntó.

01 Setenta y dos lenguas y ninguna común
El archipiélago reúne setenta y dos lenguas entre oceánicas, papúes, una criolla y una de signos. La mayoría son austronesias del grupo oceánico, repartidas en subgrupos como el salomónico noroccidental, el suroriental, el de Temotu y varios enclaves polinesios; algunas, como el bilua o el lavukaleve, forman una familia papú independiente.
Ninguna es mayoritaria. La más hablada es el kwara'ae, con 32.433 hablantes, un 5,4 % de la población; después vienen el toqabaqita, con 12.572, y el ghari, con 12.119, que es precisamente la lengua de la zona de Honiara. Muchas de las demás tienen unos pocos miles de hablantes, y algunas apenas unos cientos.
Con ese mapa, dos personas de dos islas distintas tenían un problema práctico todos los días. El inglés resolvía poco: es la lengua oficial y la de la administración y los rótulos, pero no la que se aprende en casa.

02 Un idioma que empezó en el trabajo
El pijin no se inventó en las Salomón. Viene de la jerga inglesa que se usaba en el comercio del Pacífico en el siglo XIX y que se fue asentando en las plantaciones de caña de Queensland entre 1863 y 1906, adonde llegaron a trabajar unos 13.000 isleños salomonenses.
Quienes volvieron trajeron consigo una lengua de trabajo que servía justo para lo que hacía falta: entenderse entre gente sin ninguna lengua en común. Por eso tiene parientes cercanos a los dos lados: el tok pisin de Papúa Nueva Guinea y el bislama de Vanuatu, tan próximos que a veces se describen como dialectos de un mismo pidgin melanesio.
Durante décadas siguió siendo eso, una lengua de trabajo. Lo que la convirtió en otra cosa no fue una decisión de gobierno ni una reforma escolar. Fue una mudanza colectiva.
03 La ciudad que la volvió nacional
Honiara es capital desde principios de 1952 y desde entonces no ha dejado de atraer gente de todas las provincias. En los años sesenta el pijin ya era el idioma principal de la ciudad, y desde la ciudad se extendió al resto del país.
El mecanismo es fácil de imaginar en un mercado o en una parada de minibús: si en la misma cola hay alguien de Malaita, alguien de Guadalcanal y alguien de la Provincia Occidental, la lengua que gana no es la de ninguno de los tres. Es la que no es de nadie.
El resultado, en números: 24.390 personas lo tienen ya como lengua materna, un 4,07 %, y 307.000 lo usan como segunda lengua, un 51,22 %. La capital sigue siendo el sitio que más rápido crece del país, así que ese porcentaje solo puede subir.

04 Cómo suena y cómo funciona
Se reconoce enseguida y se descifra casi solo. «Aftanun olketa» es «buenas tardes a todos»; «hao nao iu?», «¿qué tal estás?»; «mi gut nomoa», «estoy bien»; «tanggio tumas», «muchas gracias»; «lukim iu», «hasta luego».
La frase que más se oye, y la más útil de todas, es «mi no save»: sirve para «no lo sé» y también para «no puedo». Con ella y con «mi no save pem», «no puedo pagarlo», ya se sobrevive en un mercado.
Pero no es inglés mal hablado: tiene gramática propia. Los pronombres son «mi», «iu», «hem» en singular y «mifala», «iufala», «olketa» en plural; «blong» y «long» hacen de preposiciones, y los verbos transitivos se marcan con un sufijo, «-im» o «-em». «Hu nao bae save helpim mifala?» es «¿quién nos podrá ayudar?».

05 Lo que revela
Que una lengua se vuelva nacional sin ser oficial dice algo sobre cómo funcionan de verdad los países. El estatus lo da el uso, no el boletín oficial: el pijin no aparece en la constitución y sí en el mercado, en la radio, en el minibús y en la pizarra de cualquier obra.
Y hay una segunda lectura, más útil todavía para quien viaja: aquí nadie espera que hables su lengua materna, porque casi nadie espera eso de nadie. Cuatro palabras de pijin no son un gesto de turista aplicado; son exactamente lo que hace la persona de la isla de al lado.


