Lo llamativo no es que existan: es que casi no se ven. La hierba y el bosque las han redondeado hasta convertirlas en un paisaje que parece natural, y por eso la mayoría de los visitantes pasa por encima sin enterarse.

01 Casi una quinta parte de la isla
Las estimaciones actuales calculan que cerca del veinte por ciento de la superficie de Babeldaob está transformada por terrazas, cimas recortadas, fosos y zanjas. No son intervenciones sueltas: forman conjuntos continuos que llegan a cubrir veintisiete kilómetros cuadrados.
Esos conjuntos se extienden desde las tierras bajas de la costa hasta la línea de cresta central de la isla, es decir, cruzan todos los ambientes disponibles. Babeldaob mide 331 kilómetros cuadrados, así que estamos hablando de decenas de kilómetros cuadrados remodelados.
Para hacerse una idea del volumen: los investigadores que han excavado el terreno hablan de millones de toneladas de tierra movidas. Es una cifra que, en una isla del Pacífico occidental sin metal ni ganado, obliga a replantearse cuánta gente vivía aquí y cómo se organizaba.
02 Escalones, fosos y coronas
La forma característica tiene un nombre descriptivo en la literatura arqueológica: corona y ala. La corona es una cima recortada, de laderas empinadas y remate plano, que puede levantarse hasta diez metros sobre el terreno de alrededor. El ala es la plataforma que la rodea.
Alrededor y por debajo aparecen terrazas escalonadas y zanjas que descienden hasta seis metros, encadenadas por las laderas. Vistas desde el aire dibujan geometrías nítidas; vistas desde la carretera, parecen simplemente lomas de hierba con la cima aplanada.
El material es el propio terreno: roca volcánica meteorizada, cerámica y capas de suelo orgánico aplicadas con cuidado. Los constructores apenas tenían herramientas, y las que tuvieran eran de piedra o de material orgánico.
03 Para qué servían
La respuesta corta es: para varias cosas a la vez. La documentación de la Unesco, que mantiene el conjunto de Ngebedech en su lista indicativa, les atribuye funciones agrícolas, residenciales, defensivas y ceremoniales.
Las terrazas bajas parecen haber sido sobre todo agrícolas: se han encontrado hoyos de plantación. Las cimas planas cuentan otra historia: allí aparecen enterramientos y depósitos de objetos de prestigio, como cerámica decorada, lo que apunta a un uso ritual asociado a las élites.
El conjunto de Ngebedech, en el suroeste de la isla, ocupa más de 160.000 metros cuadrados de sabana y es el mejor conservado. Su nombre palauano, Ouballang ra Ngebedech, es el que figura en la candidatura.
04 Las piedras que sí se ven
En el extremo norte de la isla, en Ngarchelong, hay un prado con columnas de basalto oscuro clavadas en la hierba. Es Badrulchau, la pieza más visible de todo este mundo de tierra, y se data hacia el año 161 de nuestra era, dentro del mismo periodo.
El recuento varía según la fuente, entre poco más de treinta y medio centenar de bloques, alineados en hileras. La interpretación más aceptada es que sostenían un bai, la casa de reunión tradicional palauana, de un tamaño que no se ha vuelto a construir.
Hay un detalle que hace más raro el conjunto: el basalto no salió de allí. Las piedras se trajeron de otro punto del archipiélago, lo que añade transporte marítimo a un proyecto que ya era descomunal.
05 Lo que revela
Cuando la capital moderna se colocó sobre una loma de Melekeok en 2006, no estaba inaugurando la costumbre de remodelar el relieve de Babeldaob: la estaba retomando dos mil años después, con maquinaria pesada y hormigón.
Y deja una advertencia sobre cómo miramos los paisajes. Lo que parece una isla de lomas suaves cubiertas de hierba es, en buena parte, una obra de ingeniería sin firma, hecha por generaciones que no dejaron escritura y sí dejaron el terreno cambiado para siempre.


