01 La palabra que sobra

La expresión «ciudad perdida» funciona muy bien como titular y muy mal como descripción. Presupone un lugar sin nadie, esperando a ser hallado. Machu Picchu no estaba así. Estaba cubierto de vegetación, sí, y fuera de los circuitos oficiales del Estado peruano, pero dentro del conocimiento cotidiano de la gente del valle.

Hay una prueba material de ello. En un muro del Templo de las Tres Ventanas había una inscripción con el nombre de Agustín Lizárraga y la fecha de 1902, nueve años antes. La expedición la fotografió. Luego la inscripción se borró y la fotografía siguió existiendo, que es una manera bastante exacta de resumir el problema.

Fotografía antigua en blanco y negro de la cresta cubierta de vegetación densa, con muros apenas visibles entre la maleza.
El mismo sector antes de los trabajos de desbroce: la vegetación tapaba los muros, no el conocimiento del lugar.H. L. Tucker / Dominio público·Public domain

02 Quién estaba allí en 1911

El 24 de julio de 1911, Bingham subió acompañado por Melchor Arteaga, un vecino que conocía la ruta, y por un representante de la autoridad peruana. Arriba encontró dos familias campesinas, los Recharte y los Álvarez, que trabajaban las terrazas del lado sur y sacaban agua de un canal inca todavía en uso. Un niño de una de esas familias lo llevó por el último tramo.

Nada de esto quita mérito a lo que vino después. Bingham volvió con equipos, fotógrafos, financiación universitaria y una revista de alcance mundial; documentó, midió, publicó y convirtió una cresta conocida en la región en un lugar reconocible en cualquier continente. Eso es un trabajo real. Simplemente no se llama descubrir.

Fotografía histórica en blanco y negro de la cresta entre dos cumbres, con el cañón del Urubamba rodeándola.
La cresta vista desde el otro lado del cañón. Para la gente del valle, esta silueta no era un enigma.Hiram Bingham III / Dominio público·Public domain

03 Qué cambia para quien visita

Cambia la posición desde la que miras. Si llegas creyendo que pisas algo rescatado del olvido, el sitio se convierte en decorado de aventura y la gente que vive alrededor pasa a ser paisaje de fondo. Si llegas sabiendo que hubo continuidad —terrazas cultivadas, canales en uso, caminos que alguien seguía andando—, lo que ves es otra cosa: un lugar que sobrevivió porque estuvo acompañado.

Cómo mirarlo sin el mito
  1. Fíjate en las terrazas del sur
    Son las que estaban en cultivo en 1911. No son un anexo del conjunto: son la parte que nunca dejó de usarse.
    continuidad
  2. Busca el agua
    El canal que abastecía las fuentes seguía llevando agua cuando llegó la expedición. Es el detalle que desmonta la idea de abandono absoluto.
    en uso
  3. Escucha cómo lo nombran
    Muchos guías locales usan la palabra quechua llaqta, no «ciudad perdida». La elección no es decorativa: cambia de quién es el relato.
    palabras
Terrazas de piedra escalonadas en la ladera, con niebla espesa cubriendo el valle a su izquierda.
Las terrazas siguen ahí y siguen sujetando la ladera. Alguien las estuvo sembrando hasta el siglo veinte.Unukorno / CC BY 3.0·CC BY 3.0

04 Nueva comprensión

Machu Picchu no ganó valor el día que apareció en una revista. Lo que ganó fue público. Entender esa diferencia no le quita nada al lugar: le devuelve a la gente que lo mantuvo habitado el papel que el relato heroico les había quitado. Y hace que la visita empiece antes, en el valle, y no en la puerta de entrada.

Escalones de piedra irregulares subiendo entre vegetación, con cumbres recortadas al fondo a contraluz.
Los caminos de piedra siguieron pisándose durante siglos. Esa es la parte de la historia que no cabe en la palabra «perdido».Ashim D'Silva / CC0 1.0·CC0 1.0

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LM

Lucía Montes

Editora de Worth Knowing — Significados y Contexto Cultural · Flowtravel

Lucía Montes interpreta los significados culturales que dan sentido a una experiencia de viaje.