01 La única capital africana con el español de oficial

El español no es aquí un residuo simbólico. Es la lengua de la administración, de la enseñanza primaria y de la vida oficial, y las estimaciones sobre cuántos lo hablan van del setenta al ochenta y cinco por ciento de la población según la fuente. El país tiene además su propia variedad reconocida, el español ecuatoguineano, y en octubre de 2013 se creó la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española como correspondiente de la Real Academia Española.

Junto al español hay otras dos lenguas oficiales, el francés y el portugués, y varias lenguas propias reconocidas: el fang, mayoritario en el continente, el bubi, propio de la isla de Bioko, y el criollo de Annobón. Un mapa lingüístico denso para un país pequeño.

Frente de un mercado urbano de una sola planta con cubierta de chapa a dos aguas pintada de verde y amarillo: sobre el acceso central, un cartel rojo y amarillo de gran tamaño con las palabras «Mercado Central» y, a los lados, varios rótulos publicitarios de una marca de bebidas; bajo el porche se ven puestos con cajones y mercancía y una veintena de personas a media distancia, de espaldas o de lejos; en primer plano, una calzada mojada con coches aparcados y en marcha, y al fondo se levanta la ladera boscosa del volcán, con la cumbre tapada por una franja continua de nubes grises.
El mercado central. El rótulo está en español, como casi toda la señalización de la ciudad; la conversación de debajo, con frecuencia, no.Sascha Grabow / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

02 Y sin embargo, en la calle

El pichi —pichinglis, o simplemente pichi— es un criollo atlántico de léxico inglés que se habla en la isla de Bioko. En 2011 se le contaban unos 6.000 hablantes nativos y unos 70.000 que lo usan como segunda lengua, y los estudios lo describen como la lengua más extendida de Malabo después del español, probablemente la lengua principal de la mayoría de sus habitantes.

El idioma que más oirás en Malabo después del español no tiene reconocimiento oficial, no aparece en los medios y no está en el sistema educativo. Existe solo hablado.

Esa ausencia explica el desconcierto del visitante. Todo lo escrito está en español —los rótulos comerciales, las placas de las calles, los formularios—, de modo que la ciudad parece, sobre el papel, una capital hispanohablante sin más. Y luego uno se sienta en una terraza y lo que llega desde la mesa de al lado no se parece al español en nada.

Calle recta y ancha del centro tomada desde el eje de la calzada, prácticamente vacía: a la izquierda, una valla metálica pintada de rojo intenso delante de una casa rosada de dos plantas, con una señal circular de dirección prohibida en primer término; a la derecha, un edificio en construcción con la estructura de hormigón y el entramado de madera del tejado a la vista, y una valla de chapa gris; en el centro de la perspectiva, al fondo de la calle, se distingue un edificio claro con una cúpula verde, y solo dos coches, uno plateado aparcado y otro azul en marcha; el cielo está blanquecino y brumoso.
Una avenida del centro histórico. Las calles llevan nombre en español desde hace más de un siglo y medio.Denis Barthel / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0·CC BY-SA 3.0

03 Un idioma que llegó con la ciudad

Aquí está lo que hace memorable el dato. El pichi deriva del krio, el criollo inglés de Sierra Leona, y llegó a la isla con hablantes de krio procedentes de Freetown a partir de 1827. Esa fecha no es una fecha cualquiera: 1827 es exactamente el año en que los británicos fundaron el asentamiento que luego sería Malabo.

Dicho de otro modo: la lengua y la ciudad tienen la misma edad. El pichi no es un préstamo posterior ni una moda importada, sino el idioma con el que se pobló el puerto desde el primer día. El español llegaría veintiocho años después, en 1855, cuando la isla pasó a administración española y el asentamiento se rebautizó Santa Isabel.

El orden importa porque invierte lo que uno da por hecho. En Malabo el español no es el sustrato antiguo sobre el que se han ido posando otras lenguas: es la capa que se puso encima de una ciudad que ya hablaba otra cosa. Y esa capa de abajo sigue funcionando, sin escritura y sin reconocimiento, casi dos siglos después.

Edificio de dos plantas pintado de amarillo crema, con cubierta de chapa a dos aguas y grietas visibles en el revoco: en la planta alta, un balcón volado con antepecho de balaustres blancos y oscuros muy decorado, y ventanas de aluminio con cortinas; en la planta baja, puertas y contraventanas de láminas de madera marrón, y sobre ellas, pintadas a mano directamente en la pared, las palabras «Centro Privado Santa Ana»; delante corre un muro bajo del mismo color con una cancela metálica marrón numerada, un armario eléctrico gris en la acera y una farola alta en el centro del encuadre; a la izquierda asoma el morro de una furgoneta roja aparcada y el cielo está gris y cubierto.
Un centro educativo del casco histórico, con el nombre pintado a mano en español. La escuela es en español; lo que se habla al salir por la puerta, muchas veces, no.Denis Barthel / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0·CC BY-SA 3.0

04 Qué hacer con esto

Lo primero, tranquilizarte: no necesitas aprender nada. Si hablas español, en Malabo te entiendes con todo el mundo, y esa es una circunstancia rarísima en el África subsahariana. El dato del pichi no es un problema logístico, es una corrección de lectura.

Lo segundo, no confundir lenguas. Lo que oyes alrededor puede ser pichi, pero también puede ser bubi —la lengua propia de la isla— o fang. Dar por hecho que todo lo que no es español es «el criollo» es el mismo error de bulto que dar por hecho que aquí solo se habla español.

Y lo tercero, aprovecharlo para escuchar mejor. Saber que la ciudad se fundó en 1827 con población de habla krio explica cosas que de otro modo no encajan: por qué hay apellidos ingleses, por qué algunos topónimos suenan como suenan, por qué el español que oyes tiene un ritmo que no es el de ningún otro sitio. Malabo no es una ciudad hispanohablante. Es una ciudad donde el español es una de las capas, y no la primera.

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LM

Lucía Montes

Editora de Vale la Pena Saber · Flowtravel

Lucía persigue el dato que cambia cómo miras un sitio.