01 Veintiocho campañas y un problema de almacenamiento

Entre 1885 y 1915, Alberto I de Mónaco organizó y dirigió veintiocho campañas oceanográficas. No fue un mecenas que financiaba expediciones ajenas: navegaba en ellas, diseñaba instrumentos de sondeo y captura, y publicaba los resultados. Treinta años de trabajo de campo continuado producen una cantidad de material que en algún momento hay que resolver.

La solución fue institucional antes que arquitectónica. En 1906 se creó el Instituto Oceanográfico, una fundación con sede doble en Mónaco y París destinada a estudiar y divulgar todo aquello. El museo llegó después, y su función original no era recibir turistas: era ser el lugar donde ese material se conservaba, se ordenaba y se enseñaba.

Fotografía histórica en blanco y negro de una gran sala con un esqueleto completo de ballena suspendido sobre vitrinas de madera.
La sala de los cetáceos hacia 1913: vitrinas, esqueletos y material de campaña. Así se concibió el edificio desde el principio.Giletta / Wikimedia Commons / Dominio público·Public domain

02 Once años para construirlo en un acantilado

La primera piedra se colocó en abril de 1899 y la inauguración fue el 29 de marzo de 1910: casi once años de obra, proyectada por el arquitecto Paul Delefortrie. La fachada principal no arranca a nivel de calle, sino abajo, en la roca, y sube ochenta y cinco metros pegada al acantilado hasta la meseta donde está el casco antiguo.

Esa decisión es la más elocuente del conjunto y suele leerse solo como espectáculo. Construir en vertical sobre un acantilado, en 1899 y durante once años, cuesta mucho más que construir en llano. Se hizo porque la institución quería estar literalmente encima del mar que estudiaba: el edificio no mira al agua desde una distancia prudente, sale de ella.

El museo visto desde la costa: la fachada de sillería continúa hacia abajo hasta encontrarse con la roca desnuda sobre el agua.
Desde el agua se ve dónde acaba el acantilado y empieza el edificio. La costura está a media altura, no en el suelo.Uhooep / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

03 Lo que casi todo el mundo se salta

El recorrido habitual del visitante es descendente: entrada, escaleras y directo al acuario del sótano. Es comprensible —los tanques son lo que aparece en las fotos— y deja fuera la parte que explica el edificio. Las plantas altas conservan un gabinete de historia natural de comienzos del siglo XX: armarios acristalados de suelo a techo, esqueletos suspendidos, instrumentos de sondeo, ejemplares traídos de aquellas campañas.

Gran sala de techo alto con columnas, lámparas de araña y armarios acristalados de suelo a techo llenos de ejemplares marinos.
La misma sala hoy. Un gabinete de historia natural completo, en la planta que la mayoría de los visitantes cruza de paso.Spike / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

Comparar la fotografía de esa sala hacia 1913 con la de hoy es el mejor argumento posible: apenas ha cambiado. Lo que se conserva ahí no es una recreación museográfica, es el mobiliario y el contenido originales de una institución que sigue funcionando. El acuario, por su parte, es real y está bien hecho, pero es la parte más reciente y la más intercambiable con cualquier otro acuario del mundo.

El acuario podría estar en cualquier ciudad con costa. Las plantas de arriba solo podían existir aquí.

04 Treinta y un años de Cousteau

Entre 1957 y 1988, la dirección del museo estuvo en manos de Jacques-Yves Cousteau. Son treinta y un años, es decir, la mayor parte de su vida pública y prácticamente toda su etapa de mayor influencia. Ese dato suele mencionarse como una anécdota de prestigio, y en realidad es una pieza de contexto: explica por qué la institución pasó de catalogar el mar a intentar protegerlo.

Visto así, el edificio guarda dos capas superpuestas de una misma idea con setenta años de distancia. Abajo, la ciencia descriptiva de finales del XIX: medir, recoger, clasificar. Arriba, encima y alrededor, la divulgación del siglo XX: mostrar para convencer. Entenderlo convierte una visita de cuarenta minutos en una de dos horas.

Dos peces tropicales de rayas amarillas y azules nadando frente a un arrecife de coral dentro de un acuario iluminado.
El acuario del sótano: la parte más visitada y la más reciente del conjunto, no la que explica por qué existe el edificio.Ismael zniber / Wikimedia Commons / CC BY 4.0·CC BY 4.0

05 Cómo visitarlo para que tenga sentido

Cuatro decisiones que cambian la visita
  1. Sube antes de bajar
    Recorre primero las salas históricas y la terraza, y deja el acuario para el final. En el orden inverso, los tanques se comen el tiempo y las plantas altas se ven de paso.
    2 horas
  2. Mira los instrumentos, no solo los animales
    Las sondas, las redes y los aparatos de captura son la prueba física de las veintiocho campañas. Son también lo que no vas a ver en ningún acuario.
    plantas altas
  3. Comprueba la fecha antes de comprar
    Abre todos los días del año salvo el 25 de diciembre y el fin de semana del Gran Premio. Es la excepción más fácil de pasar por alto al planificar mayo.
    cierra en el GP
  4. Sal a la terraza
    Desde arriba se entiende de un vistazo la posición del edificio sobre el acantilado, que es justo lo que no se percibe desde dentro.
    85 m sobre el mar
Fachada principal del museo en piedra clara, con pilastras, cornisas y grandes ventanales de varias plantas.
La fachada desde la calle: un edificio institucional de 1910, no un pabellón de ocio. La escala anuncia lo que hay dentro.ALLIOT Brigitte / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

Lo que suele entenderse mal, entonces, no es el precio ni el horario: es la naturaleza del sitio. Con 19 a 22 euros la entrada, mucha gente sale con la sensación de haber pagado caro por un acuario correcto. Es una conclusión razonable si solo se ha visto el sótano. Arriba hay otra cosa, y es la razón por la que este edificio existe donde existe.

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LM

Lucía Montes

Editora de Worth Knowing — Significados y Contexto Cultural · Flowtravel

Lucía Montes interpreta los significados culturales que dan sentido a una experiencia de viaje.