El viaje se llamaba hiri, y no era una aventura ocasional: era el sistema alimentario de un pueblo, repetido cada temporada durante siglos y sincronizado con el calendario del viento.

01 Una economía nacida de la falta de agua
Port Moresby recibe 899 milímetros de lluvia al año, la cifra más baja de toda Nueva Guinea, y su estación seca es larga y severa. En esas condiciones no hay manera de sostener las palmas de sagú que alimentan a buena parte del país.
Los vecinos del golfo de Papúa, unos cientos de kilómetros al noroeste, tenían el problema contrario: sagú de sobra y ninguna tradición alfarera. Los motu, en cambio, dominaban el barro: las mujeres modelaban y cocían las uro, las ollas de cocina que se usaban en toda la costa.
El intercambio se organizó solo. Ollas hacia el oeste, sagú hacia el este, y una travesía anual para moverlo todo. La escasez de agua no empobreció a los motu: los convirtió en comerciantes.
02 Embarcaciones de varios cascos
Para cargar el volumen necesario hacía falta algo más que una canoa. El lakatoi —la palabra significa literalmente «tres troncos ahuecados»— se construía uniendo dos o más cascos con travesaños y montando encima una plataforma corrida.
Encima se levantaban dos velas de pinza de cangrejo, de estera, con esa silueta inconfundible que aparece en las fotografías del siglo XIX y en los sellos de la época. Eran embarcaciones lentas y estables, pensadas para transportar peso, no para navegar de ceñida.
Los preparativos empezaban a finales de septiembre. Los hombres armaban el lakatoi mientras las mujeres modelaban y cocían las ollas, y cuando el alisio del sureste —el laurabada— empezaba a soplar con constancia, la flotilla ponía rumbo al oeste.

03 Ir con un viento, volver con el otro
La ida era la parte fácil: una semana escasa de navegación con el viento de popa hasta una aldea del golfo donde ya conocían a la tripulación de viajes anteriores. El intercambio se cerraba deprisa.
Pero no se podía volver. Había que esperar a que cambiara la estación y entrara el lahara, el monzón del noroeste, el único viento capaz de devolverlos a casa. Y había que reconstruir la embarcación: añadir cascos y ampliar la plataforma para cargar el sagú, mucho más voluminoso que las ollas.
Dos o tres meses después empezaba el regreso, que era la parte peligrosa. La estación del lahara trae mar gruesa y tormentas fuertes, y los lakatoi volvían sobrecargados y con más cascos de los que habían salido, lo que no mejoraba precisamente su manejo.
04 La lengua que quedó del negocio
Para entenderse con socios comerciales que hablaban otras lenguas, los motu usaban una versión simplificada de la suya. Esa forma reducida se extendió por la costa como lengua franca del comercio.
Más tarde la adoptó la policía colonial, y durante décadas se la conoció como police motu. En los años setenta, una comisión decidió rebautizarla hiri motu, precisamente para reconocer que su historia era más antigua que la del cuerpo policial y que venía de aquellos viajes.
Hoy el hiri motu es una de las tres lenguas que la constitución de Papúa Nueva Guinea menciona junto al inglés y el tok pisin, aunque su uso lleva años retrocediendo frente a ambas: se estiman unos 95.000 hablantes como segunda lengua.

05 Lo que revela
Los viajes se mantuvieron, con la interrupción de los años cuarenta, hasta finales de los cincuenta, cuando un lakatoi sobrecargado y dañado por el temporal se hundió frente a la aldea de Boera durante el regreso, con muchas víctimas. Las autoridades coloniales prohibieron seguir haciéndolos.
Desde la independencia se celebra un festival que reconstruye la llegada de un lakatoi y coincide con las fiestas nacionales. No es lo mismo, pero mantiene visible una idea que se olvida fácil: que aquí el viento tenía un calendario y la comida dependía de respetarlo.
La próxima vez que leas que Port Moresby es la ciudad más seca de Nueva Guinea, añade la otra mitad de la frase. Esa sequía obligó a un pueblo a hacerse navegante, alfarero y comerciante, y dejó una lengua en la constitución del país.





