Es uno de esos datos que circulan como anécdota burlona y que, bien contados, resultan justo lo contrario: no hablan de un fallo, hablan de una proeza técnica que tardó dos siglos y medio en poder comprobarse.

01 Una expedición para medir la Tierra
En el siglo XVIII había una discusión abierta en Europa sobre la forma exacta del planeta: si estaba achatado por los polos o alargado. Para resolverla hacía falta medir un arco de meridiano cerca del ecuador y otro cerca del polo.
La expedición que vino a esta zona zarpó de Francia en 1735 y llegó a Quito en junio de 1736. La formaban los astrónomos Charles Marie de La Condamine, Pierre Bouguer y Louis Godin, junto con los marinos y cartógrafos españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa.
Trabajaron años en estos valles con instrumentos analógicos: brújulas de declinación e inclinación, relojes de péndulo, telescopios y anteojos. Midieron distancias por triangulación, cumbre a cumbre, en terreno de montaña y a más de dos mil metros de altitud.

02 Los doscientos cuarenta metros
El monumento actual se levantó sobre el punto que aquellos cálculos habían fijado, en la parroquia de San Antonio de Pichincha, a unos trece kilómetros al norte del centro de la ciudad.
Cuando el GPS civil se generalizó, en los años noventa, se pudo comprobar la posición real de la latitud cero con precisión métrica. El resultado fue que la línea pasa unos doscientos cuarenta metros al norte del monumento.
Doscientos cuarenta metros sobre una circunferencia de cuarenta mil kilómetros es un error de una parte entre ciento sesenta y seis mil. Dicho de otro modo: aquella gente, con péndulos y anteojos, acertó con una exactitud que hoy cuesta imaginar.

03 De ahí viene el nombre del país
La expedición dejó una huella que va mucho más allá del turismo. La región quedó asociada de forma permanente a la línea que aquellos científicos vinieron a medir, y ese vínculo está en el nombre que el país adoptó como república.
También dejó ciencia. La medición confirmó que el planeta está achatado por los polos, y de paso produjo una cantidad enorme de observaciones sobre geografía, botánica y altitudes de la cordillera.
Los expedicionarios, además, presenciaron dos erupciones del volcán Cotopaxi mientras trabajaban aquí, en 1743 y 1744. Sus cuadernos son de las primeras descripciones detalladas de estos volcanes.
04 Cómo visitarlo sin decepcionarse
Conviene ir sabiendo qué se visita. El conjunto principal es un parque temático alrededor del monumento, con museos, tiendas y explanadas; no es un yacimiento ni un observatorio.
A pocos metros hay otros recintos privados que reivindican estar sobre la línea real y ofrecen demostraciones de física con agua y huevos. Muchas de esas demostraciones no resisten un examen serio, así que conviene tomárselas como espectáculo.
Lo que sí merece la pena es la historia. Ir con la expedición de 1736 en la cabeza convierte una foto tópica en algo mucho más interesante: estás pisando el resultado de una de las mayores campañas de medición del siglo XVIII.
05 Lo que se entiende después
El monumento deja de ser un decorado y pasa a ser un marcador histórico: señala dónde creyó estar la ciencia del siglo XVIII, no dónde está la línea. Y las dos cosas, juntas, cuentan una historia mejor que cualquiera de las dos por separado.
Doscientos cuarenta metros de diferencia son, en realidad, la mejor medida del logro. Es lo que separa un cálculo hecho con péndulos de uno hecho con satélites, y no es mucho.


