01 Un techo que no es de aquí

Desde fuera, los cinco pabellones se alinean a lo largo de la calle como una hilera de hangares, que es exactamente lo que son: bóvedas parabólicas idénticas, una detrás de otra, sobre basamentos sobrios de piedra y con grandes ventanales en arco en los extremos. Es una arquitectura sorprendentemente segura de sí misma para un mercado de alimentación, y lo primero que conviene notar es que la forma no responde a la función. Un mercado no necesita bóvedas de treinta metros de luz. Un dirigible, sí.

Dentro, lo que te delata la historia es la estructura de la cubierta: una celosía de costillas de acero remachado que recorre toda la nave, se curva hasta los muros y se acristala en la clave. Ponte debajo con el ruido de un martes por la mañana alrededor —carros, básculas, alguien cantando un precio— y la escala deja de tener sentido hasta que alguien te cuenta para qué se construyó.

Fotografía histórica en blanco y negro del interior de un pabellón abovedado enorme, con la celosía metálica del techo a la vista, un gran ventanal en arco al fondo y decenas de automóviles de los años treinta expuestos en el suelo.
El interior de uno de los pabellones en 1930, durante una exposición de automóviles. Sin los puestos, la estructura del hangar se lee entera: costillas de acero, arco parabólico y lucernario en lo alto.Autor desconocido / Wikimedia Commons / dominio público·Public domain

02 De dónde salieron los hangares

Las estructuras eran un sobrante de la Primera Guerra Mundial. Dos hangares alemanes de dirigibles, Walhalla y Walther, estaban en la base aérea de Vaiņode, en el oeste del país, y al acabar la guerra quedaron de más: enormes, caros de mantener e inútiles para cualquier cosa que no fuera un dirigible.

Riga, mientras tanto, necesitaba un mercado cubierto. El comercio de alimentos de la ciudad se hacía al aire libre junto al río, en condiciones apretadas y poco higiénicas, y la solución a la que llegó el ayuntamiento fue puro pragmatismo: desmontar los hangares, traer el metal a Riga y usarlo. La idea inicial de volver a levantarlos enteros resultó impracticable —eran demasiado grandes y el clima local no acompañaba—, así que solo se reaprovecharon las partes superiores y debajo se construyeron muros de carga nuevos, de piedra y hormigón armado.

Las bóvedas se diseñaron para alojar un dirigible. Llevan noventa y cinco años alojando pescado, queso y pepinillos en salmuera.

03 Siete años de obra

La obra no fue fácil. El proyecto ganador fue del arquitecto Pāvils Dreijmanis y el ingeniero S. Žitkovs, con Dreijmanis y P. Pavlovs dirigiendo los trabajos y los ingenieros V. Isajevs y G. Tolstojs en la estructura; el impulso administrativo lo puso Klāvs Lorencs, responsable del departamento de mercados del ayuntamiento. Las obras empezaron en junio de 1924 y debían durar cinco años.

Duraron siete, con la obra completamente parada entre 1926 y 1928 por falta de dinero. Abrió al público el 10 de noviembre de 1930, con 57.000 metros cuadrados construidos entonces. Vale la pena mencionar el retraso porque explica el tono del edificio: esto no es un monumento levantado para impresionar, sino un gran equipamiento público que un país pequeño terminó con dificultad y después usó a fondo durante un siglo.

Los pabellones abovedados del mercado vistos desde la calle, con sus cubiertas curvas alineadas una tras otra y las fachadas de piedra clara con grandes ventanales.
Los pabellones alineados junto a la vía. Cada bóveda cubre una nave distinta, y entre unas y otras se puede pasar sin salir del recinto.Nenea hartia / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0 International

04 Para qué sirve hoy

Sigue siendo, ante todo, donde Riga compra la comida. El mercado ocupa hoy 72.300 metros cuadrados con más de 3.000 puestos, y cada pabellón está especializado: carne en uno, pescado en otro, lácteos, verdura y una nave para todo lo conservado. En época soviética pasaban por aquí entre 50.000 y 70.000 personas al día, y hasta 100.000 los fines de semana; las cifras han cambiado, la función no.

El pabellón que mejor explica el país es el de las conservas. Letonia tiene una temporada de cultivo corta y un invierno largo, y la respuesta, como en toda esta latitud, fue conservar: pepinos en salmuera, col fermentada, setas y ajos encurtidos, espino amarillo, pescado ahumado, frutos secos y fruta deshidratada vendidos al peso en bandejas abiertas. Es una cocina entera organizada alrededor del problema de febrero.

Bandejas amarillas alineadas con frutos secos, pasas, piñones, láminas de coco y fruta deshidratada de colores, cada una con su etiqueta de precio por kilo en euros.
Frutos secos y fruta deshidratada al peso, con el precio por kilo. Nada de esto está pensado para el visitante: es la despensa de invierno de la ciudad.Acediscovery / Wikimedia Commons / CC BY 4.0·Creative Commons Attribution 4.0 International

05 Cómo visitarlo bien

No hay entrada ni recorrido, y por eso justamente la mayoría de los visitantes lo hacen mal: cruzan una nave, fotografían un puesto y se van. El edificio solo compensa si lo tratas como un edificio.

Cinco cosas que cambian la visita
  1. Recorre las cinco, seguidas
    Una nave no te dice nada; cinco bóvedas idénticas seguidas te lo dicen todo. Crúzalas de punta a punta: la repetición es el argumento.
    la hilera entera
  2. Mira las costillas, no los puestos
    Busca un punto donde se vea la cubierta por encima de la rotulación y sigue una costilla de acero desde la clave hasta el muro. Esa curva se calculó para un dirigible.
    mira arriba
  3. Ve antes del mediodía, entre semana
    Es un mercado de alimentación con horario de trabajo. Temprano es cuando los puestos están llenos y las naves tienen movimiento; a última hora, ya está de retirada.
    por la mañana
  4. Compra algo en conserva
    Pescado ahumado, pan negro, requesón, encurtidos al peso. Cuesta muy poco y es la manera más directa de entender una cocina construida alrededor de un invierno largo.
    al peso
  5. Pregunta antes de fotografiar un puesto
    La gente que está detrás del mostrador está trabajando, no expuesta. Un gesto y una pregunta cuestan dos segundos y cambian por completo el intercambio.
    cortesía básica

Haz eso y el mercado deja de ser una parada de la lista para convertirse en lo más claro de la ciudad. Riga está llena de edificios diseñados para parecer lo que son; este se diseñó para otra cosa completamente distinta, se rescató, se recortó, se volvió a levantar sobre cimientos nuevos y se puso a trabajar. Noventa y cinco años después sigue siendo el techo más concurrido de Letonia, y casi nadie de los que están debajo lo está mirando.

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LM

Lucía Montes

Editora de Worth Knowing — Significados y Contexto Cultural · Flowtravel

Lucía Montes interpreta los significados culturales que dan sentido a una experiencia de viaje.