Casi todo lo que sabe la gente del demonio de Tasmania viene de los dibujos animados: un bicho que gira como un torbellino y devora lo que encuentra. El animal real es más pequeño, más silencioso y come sobre todo carroña. Y está atravesando algo que en biología era casi una imposibilidad teórica.
Un cáncer contagioso. No un virus que provoque cáncer, que de eso hay varios ejemplos conocidos, sino el tumor mismo saltando de un individuo a otro y siguiendo su vida en el cuerpo nuevo.
01 Un tumor que no debería contagiarse
El cáncer, por definición, muere con su portador: son células del propio cuerpo que se multiplican sin freno y desaparecen cuando ese cuerpo desaparece. Que unas células tumorales sobrevivan al salto a otro organismo y sigan proliferando allí es rarísimo. En todo el reino animal se conocen muy pocos casos.
Este es uno. Se lo describió por primera vez en 1996, en el noreste de la isla, y las estimaciones sitúan su aparición alrededor de 1986. Los tumores crecen en la cara y dentro de la boca, y acaban impidiendo que el animal se alimente.

02 Por qué pasó justo aquí
Hacen falta dos condiciones y Tasmania reúne las dos. La primera es el comportamiento: los demonios se muerden constantemente. Al competir por una carroña, al aparearse, al disputarse el sitio. Esos mordiscos en la cara son exactamente el vehículo que el tumor necesita.
La segunda es la genética, y ahí entra la geografía de la isla. Es una población aislada del continente desde que subió el nivel del mar y se inundó el estrecho de Bass, hace milenios: doscientos cuarenta kilómetros de agua y ningún intercambio con fuera.
El resultado es poca diversidad genética. Y cuando dos individuos se parecen mucho genéticamente, el sistema inmunitario del segundo puede no reconocer las células del primero como ajenas. En vez de rechazarlas, las deja crecer.
03 El 80 % en veinte años
La enfermedad se extendió desde el noreste hacia el resto de la isla, y las cifras son duras: en dos décadas la población total se redujo alrededor de un 80 %, y en algunas zonas concretas la caída superó el 90 %.
Un desplome así no se queda en una especie. El demonio es el mayor carnívoro marsupial vivo y hace de servicio de limpieza del ecosistema: retira los animales muertos antes de que se pudran. Sin él, esa función queda vacante y otros depredadores ocupan el hueco.
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04 La copia de seguridad
La respuesta fue construir lo que se llama una población de reserva: animales sanos, mantenidos separados de los enfermos, como quien guarda una copia de seguridad de un archivo que se está corrompiendo. En junio de 2012 ese conjunto alcanzó los quinientos ejemplares.
Y desde noviembre de 2012 se empezaron a trasladar demonios a una isla frente a la costa este, un recinto natural sin la enfermedad y sin manera de que entrara. Una isla dentro de una isla: la misma lógica del aislamiento que había causado el problema, usada esta vez a favor.
05 La evolución más rápida de lo previsto
Lo inesperado llegó de las poblaciones silvestres. Hacia 2016 se detectó que en las zonas más castigadas ciertas variantes genéticas asociadas a la resistencia se estaban volviendo más frecuentes. Los supervivientes no eran solo los que habían tenido suerte.
Es selección natural ocurriendo en el plazo de unas pocas generaciones, algo que suele describirse en escalas de tiempo mucho mayores. No significa que la especie esté a salvo, pero cambia el pronóstico: la extinción total ya no es el desenlace que se daba por descontado hace veinte años.
06 Dónde se ve y cómo comportarse
Verlos en libertad es improbable: son nocturnos, escasos y se mueven entre matorral. La opción realista son los santuarios y centros de conservación repartidos por la isla, varios de ellos ligados al programa de reserva.
Y hay una forma de ayudar que no cuesta dinero: conducir despacio de noche por las carreteras rurales. El demonio se alimenta de carroña, incluida la que queda en el asfalto, así que la carretera lo atrae justo hacia el sitio donde puede morir.

Queda una idea que conviene llevarse. La misma barrera de agua que salvó a esta especie cuando desapareció del continente es la que le dejó tan poca variedad genética como para que un tumor pudiera pasar de boca en boca. El aislamiento la protegió primero y la expuso después.



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