01 Tres sistemas, no tres tipografías
Conviene precisar de qué hablamos, porque no son tres estilos de letra: son tres alfabetos distintos, con formas de carácter diferentes, derivados uno de otro en cadena. El primero es el mrgvlovani, del que salió el nuskhuri, y de este último derivó el mkhedruli, que es el que se usa hoy para todo.
Lo que hace excepcional el caso no es que existan tres, sino que los tres sigan practicándose. Los dos primeros se conservan sobre todo en un ámbito restringido, se enseñan de manera informal y aparecen en inscripciones y en textos de uso especializado; el tercero es el de la calle, la escuela, la prensa y el teclado.

02 Qué inscribió la UNESCO
En diciembre de 2016, el comité intergubernamental reunido en Adís Abeba inscribió en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad un elemento con un nombre muy preciso: la cultura viva de los tres sistemas de escritura del alfabeto georgiano.
Merece la pena fijarse en las dos primeras palabras. No se inscribió «el alfabeto georgiano», que sería un objeto; se inscribió su cultura viva, es decir, la práctica de seguir escribiéndolos y enseñándolos. Es la diferencia entre proteger un tipo de letra y proteger a la gente que lo traza.
No se protegieron las letras. Se protegió que alguien las siga escribiendo a mano.
03 Cómo funciona el que vas a ver

El alfabeto de uso diario tiene treinta y tres letras y dos rasgos que lo hacen fácil de empezar a leer. El primero: no hay mayúsculas ni minúsculas. Todas las letras tienen una sola forma, así que un nombre propio y una palabra corriente se ven exactamente igual, y no hay que aprender dos versiones de nada.
El segundo: la correspondencia entre letra y sonido es casi perfecta. Cada signo suena siempre igual, sin combinaciones de dos letras para un sonido ni letras mudas. En la práctica eso significa que, con media hora y una tabla, se puede empezar a deletrear rótulos aunque no se entienda una palabra de lo que dicen.
04 Por qué merece media hora

Porque cambia el viaje de forma desproporcionada al esfuerzo. En cuanto se reconocen unas pocas letras, los rótulos dejan de ser una decoración incomprensible y empiezan a ser información: se distingue una panadería de una farmacia, se lee el nombre de la parada y se identifica una palabra repetida en todas las cartas.
Y porque es una de las escrituras vivas menos parecidas a cualquier otra. Sus letras no comparten forma con el latino, el cirílico, el griego ni el árabe: son curvas cerradas y astas largas, sin apenas líneas rectas. Mirarlas con atención media hora es, sencillamente, ver una manera distinta de haber resuelto el mismo problema.
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