Es una de esas historias que no se cuentan en ningún panel y que, una vez sabida, se ve por todas partes: en la arquitectura de la capital, en la traza de los pueblos y en las ruinas industriales que uno cruza de camino a las ruinas mayas.

Fachada de una mansión de dos plantas de estilo europeo con balcones de hierro forjado, jarrones de piedra sobre pilastras, balaustrada en la azotea y una verja de hierro muy trabajada delante.
Una de las casas del Paseo de Montejo. Se levantaron con materiales traídos de Europa y con dinero de la fibra.Alan Grinberg / CC BY 2.0·CC BY 2.0

01 Una fibra que sostuvo un estado

El henequén es un agave de hoja larga y espinosa que crece bien en el suelo delgado y pedregoso de Yucatán, donde casi ningún otro cultivo comercial funciona. De sus hojas se extrae una fibra dura que se usaba para fabricar cordel y cuerda: en concreto, el cordel para las máquinas agavilladoras de las cosechadoras de cereal, un mercado enorme en las grandes llanuras de Norteamérica.

Eso convirtió a un cultivo local en una exportación estratégica. Le llamaron el oro verde, y no era una metáfora suave: en 1916 había unas 300.000 hectáreas plantadas, más de mil haciendas y más de 60.000 personas viviendo de ello.

02 Mil ciento setenta haciendas

En el apogeo, entre 1880 y 1910, se contabilizaban 1.170 haciendas y alrededor del sesenta por ciento de la superficie del estado estaba dedicada al henequén. No eran granjas: eran unidades industriales completas, con su casa principal, su fábrica de desfibrado, su chimenea de vapor, sus almacenes, su vía estrecha para llevar las hojas y las viviendas de los trabajadores.

Fachada larga y baja de una casa señorial de piedra encalada con el revoco desprendido, ventanas enrejadas alineadas, una escalinata central ancha y jardín de césped y plantas de agave en primer plano.
La casa principal de una hacienda. Al otro lado de esa fachada estaban la fábrica, la vía estrecha y las casas de los trabajadores.Misael Lavadores / CC BY-SA 3.0·CC BY-SA 3.0

Esa estructura es la que sigue explicando el mapa del estado. Muchos pueblos de Yucatán no son pueblos que crecieron por su cuenta: son la parte trabajadora de una hacienda que se quedó habitada cuando la hacienda dejó de funcionar. Por eso tienen una plaza desproporcionada, una nave en ruinas y una chimenea.

Carretera ancha de tierra clara en un pueblo bajo, con farolas modernas de doble brazo a los lados y, al fondo entre los árboles, una chimenea industrial de ladrillo alta y aislada.
La chimenea de la fábrica de una antigua hacienda henequenera, en mitad del pueblo que creció a su alrededor.SusunW / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

03 Y una capital construida con ese dinero

La riqueza se concentró en muy pocas manos y se hizo visible en un sitio concreto: el Paseo de Montejo de Mérida, trazado a imitación de los grandes bulevares europeos, donde los propietarios levantaron mansiones con materiales traídos de Europa. De la magnitud de aquella fortuna se dice, en una versión muy repetida, que Mérida llegó a tener más millonarios que ninguna otra ciudad del mundo.

Conviene decirlo entero, porque la cifra impresiona y la otra mitad de la ecuación no aparece en las fachadas: aquel sistema se sostuvo sobre el trabajo forzado y el endeudamiento de peones mayas y de trabajadores traídos de otras partes, y fue denunciado como tal en su momento. La avenida y las ruinas del interior del estado son el mismo dato contado desde los dos extremos.

04 Por qué se paró

El golpe vino de fuera y fue técnico. A partir de la Segunda Guerra Mundial, las fibras sintéticas —nailon, polipropileno— empezaron a sustituir a las naturales en casi todos sus usos, y el cordel de henequén dejó de ser competitivo. La agroindustria yucateca entró en una crisis larga.

El 29 de diciembre de 1961 se creó Cordemex, una empresa paraestatal que industrializó y concentró la producción para intentar salvar el sector. Aguantó varias décadas, pero no revirtió la tendencia. El resultado, sobre el terreno, es lo que se ve hoy: naves sin techo, chimeneas en pie y casas principales convertidas en hoteles, museos o nada.

Calle de un pueblo con postes de madera y cableado eléctrico cruzando el encuadre, casas bajas a un lado y, en el centro de la imagen, los muros derruidos y sin techo de una nave industrial antigua.
Lo que queda de la nave de desfibrado. Cuando cayó el precio de la fibra, la maquinaria se paró y no volvió.SusunW / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

05 Qué hacer con este dato

Cambiar lo que se mira por la ventanilla. Entre Mérida y Uxmal, o entre Mérida y cualquier cenote del anillo, se cruzan una detrás de otra las piezas de ese sistema, y una vez identificadas ya no se pueden dejar de ver.

Cómo leer una hacienda cuando la visites
  1. Busca la chimenea
    Es lo que distingue una hacienda henequenera de una ganadera: significa máquina de vapor y desfibradora. Se ve desde lejos y suele ser lo único que queda en pie.
    la señal
  2. Mira si hay vía estrecha
    Las hojas se llevaban en vagonetas sobre raíles de vía estrecha desde el campo hasta la máquina. Quedan tramos incrustados en las calles de muchos pueblos.
    a ras de suelo
  3. La casa principal no era el negocio
    La casa de los dueños está en el frente y de cara al camino; la fábrica, los almacenes y las viviendas de los trabajadores, detrás. La disposición cuenta la jerarquía sola.
    la planta
  4. Pregunta qué se hace ahí ahora
    Muchas son hoy hoteles, museos o fincas privadas, y otras siguen siendo el centro de un pueblo. Saber cuál de las tres cambia bastante lo que se está visitando.
    tres destinos

Y aporta una cosa más, que es la que hace que merezca la pena saberlo: explica por qué Yucatán no se parece al resto del sureste mexicano. Durante medio siglo fue una región exportadora conectada directamente con Nueva Orleans y Nueva York, más rica y más volcada al mar que hacia el interior del país. Buena parte de lo que distingue hoy a Mérida —su arquitectura, su escala, su relación con el resto de México— viene de una planta de la que ya casi nadie vive.

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LM

Lucía Montes

Editora de Worth Knowing · Flowtravel

Lucía Montes persigue el dato que cambia la forma de mirar un lugar y lo explica hasta el final.