Esta ciudad se salvó plantando un árbol australiano.
En 1900, quince años después de fundarse, Adís Abeba se había quedado sin leña y se planeó abandonarla y trasladar la capital 55 kilómetros al oeste. No hizo falta: el eucalipto que se había introducido en 1894 creció tan deprisa que al año siguiente el plan se archivó. Hoy la ciudad tiene seis millones de habitantes, está a 2.355 metros y sigue rodeada por el bosque que la salvó.

01 Una capital sin leña
La ciudad era muy joven. El asentamiento arrancó en 1886 en el valle que queda al sur del monte Entoto, en un lugar llamado Finfinne; la emperatriz Taytu Betul eligió el emplazamiento, el emperador Menelik II levantó su palacio en 1887 y en 1889 pasó a ser capital. El nombre significa «flor nueva» en amárico.
El problema era físico y no tenía vuelta: a 2.355 metros, con una población creciendo deprisa, el consumo de leña iba mucho más rápido que el bosque. El lugar elegido para la mudanza recibió un nombre que lo dice todo, Addis Alem, «mundo nuevo». Se empezó a construir allí. Y entonces intervino un árbol.
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02 El árbol que llegó en 1894
El eucalipto se introdujo en Etiopía en 1894 y 1895, por consejo de dos asesores del emperador —un ingeniero ferroviario francés y un militar británico—, precisamente para producir leña y madera de construcción para la ciudad que crecía. Era una especie australiana, sin ninguna relación con el altiplano etíope, elegida por un motivo muy concreto: la velocidad.
Funcionó más deprisa de lo que nadie esperaba. Algunos propietarios plantaron bosques enteros en sus fincas y, en cuestión de pocos años, el problema de la leña y la madera había dejado de existir. Al año siguiente de decidir el traslado, el traslado se canceló. Addis Alem se quedó en un pueblo y la capital siguió donde estaba.
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03 Lo que dejó el bosque
Ciento treinta años después, esa decisión sigue siendo lo primero que se ve al llegar. Las laderas del monte Entoto, que dominan la ciudad por el norte, están cubiertas por un bosque continuo de eucalipto, y el árbol aparece también dentro del casco urbano, alineado en calles y avenidas. Adís Abeba es, en buena medida, una ciudad de eucaliptos.
Y sigue siendo un bosque de trabajo, no un parque. En las laderas se corta, se hacen haces y se bajan a la ciudad; la cepa rebrota y en pocos años vuelve a haber madera. Ese ciclo corto es exactamente la razón por la que la especie se eligió, y es lo que se ve todavía hoy caminando por Entoto.

04 Cómo se visita
La primera advertencia es la altitud. Adís Abeba está a 2.355 metros, lo que la convierte en la cuarta capital más alta del mundo y en la más alta de África. El primer día se nota al subir escaleras y al caminar deprisa, así que conviene reservar la llegada para algo tranquilo y dejar Entoto para el segundo o el tercero.
La segunda es la escala. Con más de seis millones de habitantes, esta es la ciudad más poblada de Etiopía y una de las diez mayores de África, y no se recorre a pie de punta a punta. Lo que sí funciona es elegir piezas: el mirador de Entoto y su bosque, el mercado, el centro y una tarde larga de café.
Y la tercera es de mirada. Aquí no hay un centro histórico monumental que recorrer, porque la ciudad tiene poco más de un siglo. Lo interesante es otra cosa: una capital enorme, joven y en obras permanentes, plantada a más de dos mil trescientos metros, que existe donde existe porque alguien acertó al importar un árbol. Pocas ciudades tienen una explicación tan concreta.



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