Destino

El puerto de esta capital es el cráter de un volcán.

Malabo está construida sobre el borde de un cráter volcánico hundido, y esa herradura de agua profunda y abrigada es su puerto. Por eso los británicos fundaron aquí un fondeadero en 1827, sobre una isla que forman tres volcanes en escudo superpuestos y que sigue coronada por los 3.011 metros del Pico Basilé. La ciudad no eligió el sitio: lo eligió la geología.

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La ciudad desde el aire, ocupando el borde de una bahía en forma de herradura casi cerrada: el agua, de un verde grisáceo y sin oleaje, ocupa la mitad inferior del encuadre y está delimitada por dos brazos de tierra bajos y cubiertos de arbolado denso que se acercan hasta casi tocarse; sobre la orilla se apiña un tejido urbano de casas bajas con cubiertas rojas y blancas y unos pocos edificios de cuatro o cinco plantas, y por detrás el terreno sube en una ladera continua de selva verde oscura que desaparece bajo una masa de nubes bajas y plomizas que cubre todo el horizonte.
La ciudad desde el aire, ocupando el borde de una bahía en forma de herradura casi cerrada: el agua, de un verde grisáceo y sin oleaje, ocupa la mitad inferior del encuadre y está delimitada por dos brazos de tierra bajos y cubiertos de arbolado denso que se acercan hasta casi tocarse; sobre la orilla se apiña un tejido urbano de casas bajas con cubiertas rojas y blancas y unos pocos edificios de cuatro o cinco plantas, y por detrás el terreno sube en una ladera continua de selva verde oscura que desaparece bajo una masa de nubes bajas y plomizas que cubre todo el horizonte.Ipisking·CC BY-SA 3.0

01 Una bahía que fue un cráter

Bioko entera es obra del mismo fenómeno. La isla la forman tres volcanes en escudo basálticos superpuestos, y el mayor y más alto de ellos es el que remata el Pico Basilé. Todos figuran en los catálogos de volcanes activos, aunque solo el Basilé ha entrado en erupción en tiempos históricos, la última vez en 1923.

El resultado práctico es una capital de unos 297.000 habitantes que ocupa apenas 21 kilómetros cuadrados a nivel del mar, encajada entre el agua y una ladera que empieza a subir casi de inmediato. No hay llanura donde extenderse. La ciudad crece a lo largo de la costa y hacia arriba, y todo lo que no es ciudad es selva.

El puerto visto desde una altura moderada: en el centro, un carguero blanco y gris con una grúa amarilla en cubierta atracado junto a una gabarra; delante, una veintena de barcazas de madera oscura y piraguas alargadas amarradas unas contra otras, cubiertas con lonas verdes, azules y grises; en primer plano, a la izquierda, contenedores rojos y estructuras metálicas amarillas del muelle, y a la derecha tejados de chapa; al fondo, cerrando el encuadre de lado a lado, un dique bajo de bloques y una franja de tierra con un acantilado corto y cubierto de arbolado, y detrás la línea del mar abierto bajo un cielo blanco.
El interior de la bahía. Ese brazo de tierra bajo y arbolado que cierra el fondo es el borde del cráter, y es lo que convierte el agua en un puerto.ColleBlanche / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

02 Mil ochocientos veintisiete

La ciudad tiene fecha de nacimiento exacta. En 1827 los británicos fundaron aquí un asentamiento al que llamaron Port Clarence y que usaron como estación naval para perseguir el tráfico de esclavos. Buena parte de su primera población fueron personas liberadas que no pudieron ser devueltas al continente. Esa es la ciudad: un fondeadero con una función, y una población que llegó por esa función.

En 1855 la isla pasó a manos españolas y el asentamiento se rebautizó Santa Isabel. Lo que vino después transformó el paisaje más que ninguna otra cosa: la isla se convirtió en el centro de la industria española del cacao, y para plantarlo se desbrozó buena parte del bosque que rodeaba la ciudad. El puerto todavía exporta cacao, madera y café.

Edificio de esquina de dos plantas, encalado en blanco roto y con la cubierta a dos aguas de teja: la planta baja se abre en una galería de arcos rebajados sobre pilares cuadrados, y la superior es una galería continua acristalada con antepecho de celosía de rombos en rojo y blanco; a la izquierda asoma otra fachada más antigua con balaustrada y molduras; en la acera hay un depósito cilíndrico de hormigón, un poste de hormigón con cables tendidos y un cartel vertical amarillo de una tienda de fotografía; la calle está completamente vacía y el cielo es blanco.
Una esquina del centro histórico. La galería corrida en las dos plantas es la respuesta local a una ciudad que recibe 1.869 milímetros de lluvia al año.Denis Barthel / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

03 Tres mil metros a la espalda

Lo segundo que ordena la ciudad no está en la ciudad: está encima. El Pico Basilé se levanta 3.011 metros a pocos kilómetros del centro, y es la cota más alta del país. Desde casi cualquier calle de Malabo, si el cielo lo permite, la montaña aparece al final de la perspectiva.

El condicional importa, porque el cielo no siempre lo permite. Bioko es un lugar húmedo hasta lo extraordinario, y la cumbre pasa buena parte del año envuelta en nubes que se enganchan a la ladera. Ver el Basilé entero es cuestión de suerte y de mes: en la estación seca aparece a primera hora de la mañana, y luego se tapa.

Un macizo volcánico de perfil ancho y tendido que ocupa toda la franja central del encuadre, con las laderas de un azul verdoso oscuro por la distancia y la cumbre aplanada; sobre ella se apoya un penacho de nubes blancas y densas de bordes redondeados que parece salir del propio pico y desplazarse hacia la derecha; el cielo es azul claro con jirones de nubes bajas a media ladera, y en la mitad inferior, en primer plano, se recortan a contraluz las copas de varios árboles altos de la selva y un tronco seco de ramas desnudas.
El Pico Basilé con su penacho habitual de nubes. Tres mil once metros a una hora del centro de la capital.Serge Moons / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

04 Cómo se visita

El centro histórico se recorre a pie en una mañana y es la parte más interesante: manzanas regulares, calles con nombres en español, edificios de dos plantas con galerías corridas y celosías, y un desgaste que en algunos casos es ruina y en otros es simplemente el clima. Es una arquitectura de trópico húmedo, pensada para ventilar y para que el agua escurra.

Lo demás pide vehículo. La subida al Basilé, la costa hacia el este y el sur de la isla —donde están la caldera de Luba y las playas de anidamiento— son excursiones de día completo o más. Y todo depende del mes: entre junio y octubre las pistas se complican y la montaña no se ve.

Conviene, por último, ajustar la expectativa. Malabo no es una ciudad de monumentos ni tiene una escena turística montada; el país recibe muy pocos visitantes y eso se nota en cada gestión. Lo que ofrece es otra cosa: una capital pequeña dentro del borde de un cráter, con tres mil metros de volcán detrás y selva empezando donde acaba la última calle. Pocas capitales del mundo tienen una posición tan literal.

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María Reyes

Editora de Destinos · Flowtravel

María busca en cada ciudad la decisión que explica su forma.

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