La ciudad se plantó antes de terminar de construirse.
Maputo se trazó a finales del siglo XIX con una retícula de avenidas anchas sobre la orilla de una bahía de 95 kilómetros. Y con las calles se plantaron acacias y jacarandás, en cantidad suficiente para que la ciudad acabara conocida como «la ciudad de las acacias». El arbolado no es un adorno posterior: es parte del plano.

01 Una bahía de noventa y cinco kilómetros
El asentamiento creció alrededor de una fortaleza portuguesa terminada en 1787. Durante casi un siglo fue poco más que un puesto: lo que convirtió el lugar en ciudad fue el puerto, y lo que convirtió el puerto en clave fue el ferrocarril que lo unió con el interior del continente.
El nombre también tiene dos épocas. La ciudad se llamó Lourenço Marques, por un navegante que pasó por aquí en 1544, y cambió al actual en febrero de 1976, tomándolo del río Maputo. Hoy tiene 1.088.449 habitantes según el censo de 2017, y el área metropolitana llega a 2,7 millones contando Matola.

02 La retícula y la Baixa
El centro está trazado en cuadrícula, con avenidas anchas y manzanas regulares, según el urbanismo portugués de finales del siglo XIX. La parte histórica de esa cuadrícula, junto al puerto, se conoce como la Baixa, y conserva el trazado original prácticamente intacto.
Lo interesante de esa retícula es que se dibujó antes de que hubiera ciudad que meter dentro. No es el resultado de regularizar un tejido previo, como en tantas capitales, sino un plano trazado sobre terreno libre y rellenado después, década a década, con lo que fuera llegando.
Eso explica la mezcla arquitectónica, que es una de las más variadas del continente en pocas manzanas. Conviven edificios de comienzos del siglo XX —como la estación central de ferrocarril, de 1913-1916, de aire beaux-arts—, bloques modernos de mediados de siglo y torres recientes, todos sobre el mismo damero.
03 Acacias y jacarandás
El rasgo que más define el paisaje urbano de Maputo no es un edificio, sino el arbolado de alineación. Las avenidas se plantaron con acacias y jacarandás, y en cantidad suficiente para que la ciudad se ganara dos apodos: «la ciudad de las acacias» y «la perla del Índico».
Funciona además como calendario. Los jacarandás florecen en violeta y las acacias en rojo intenso, y esas floraciones cambian por completo el aspecto de calles enteras durante unas semanas al año. Es un detalle que decide bastante el momento de la visita para quien viaja mirando.

El otro efecto del arbolado es térmico y muy práctico. En una ciudad donde la máxima media supera los 30 grados de noviembre a marzo, una avenida con copas continuas y una sin ellas no se caminan igual. La sombra de alineación es infraestructura, no jardinería.
04 Cómo se recorre
El centro se hace a pie con facilidad: es llano, ortogonal y compacto. La forma útil de recorrerlo es bajar desde la parte alta hacia el puerto siguiendo una de las avenidas arboladas, que es como se cruzan de una vez las distintas épocas construidas sobre el mismo damero.
Merece la pena asomarse también al frente de agua. La bahía es enorme y está viva: puerto de carga, pesqueros amarrados y, al otro lado, la isla de Inhaca cerrando el conjunto. Desde el agua se entiende por qué la ciudad se puso exactamente en esta orilla.
Y una nota de calendario que aquí sorprende: el mejor momento del año es el invierno austral. Entre mayo y agosto caen entre 15 y 32 milímetros al mes y el sol supera las 245 horas, con máximas de 26 a 28 grados. En enero caen 171 milímetros.




