En Marrakech-Safi el agua bajaba de la montaña por debajo del suelo.
En la llanura caen 221 milímetros de lluvia al año y aun así hay un palmeral. Lo regaban las khettaras, galerías subterráneas que traían por gravedad el deshielo del Atlas: unas 650 seguían funcionando a finales del siglo XX y hoy casi ninguna.
Conviene entender primero la forma de la región, porque el resto se deduce de ella. Marrakech-Safi va del Atlántico a la alta montaña: por el oeste tiene costa —Safi, Essaouira—, en el medio una llanura seca, el Haouz, y por el sur la muralla del Alto Atlas, con el Toubkal, el punto más alto del norte de África. Ocho provincias y prefecturas, 4.878.500 habitantes en 2024, y un desnivel de cuatro mil metros en poco más de cien kilómetros.
01 Una llanura sin agua propia
El Haouz es una llanura árida. Los 221 milímetros anuales de Marrakech se concentran en el invierno y en la media estación: junio deja 3,1 milímetros y julio, 2,2. Julio tiene, de media, tres décimas de día de lluvia. No es una sequía puntual: es el régimen normal.
Pero al sur hay una cordillera que retiene nieve buena parte del año, y esa nieve alimenta un acuífero en el pie de monte. El agua está, pero está allí y bajo tierra, y la ciudad está aquí, a sesenta o setenta kilómetros y varios cientos de metros más abajo. Toda la historia agrícola de esta región es la de mover esa agua sin perderla por el camino.
02 Seiscientas cincuenta galerías
La solución se llama khettara y es una variante local del qanat persa. Consiste en excavar una galería con una pendiente mínima desde el punto donde se capta el nivel freático, al pie de la montaña, hasta el sitio donde se necesita el agua. Como el conducto va enterrado, el agua no se evapora en el trayecto y no hace falta energía para moverla: baja sola.
Para excavarla se abren pozos verticales cada pocos metros, que sirven para sacar la tierra, orientar el trazado y ventilar. Esos pozos, alineados en el paisaje como una hilera de cráteres, son lo único de una khettara que se ve desde fuera.

Las primeras se construyeron en el Haouz a comienzos del siglo XII, bajo el soberano almorávide Alí ibn Yusuf, que gobernó entre 1107 y 1142. Es decir, son contemporáneas de la propia consolidación de Marrakech como capital. Al final del siglo XX todavía funcionaban unas 650 en la llanura y en los alrededores de la ciudad, y eran lo que regaba el palmeral y las huertas.
03 Por qué ya no funcionan
Una khettara no bombea: toma el agua donde el nivel freático la pone. Eso la hace elegantísima mientras el acuífero se mantiene, y completamente inútil en cuanto deja de mantenerse.
Y eso es lo que ha pasado. La sobreexplotación del acuífero mediante pozos motorizados y una sucesión de años secos han hecho caer el nivel freático de forma acusada. Al bajar el agua por debajo de la cota de captación, la galería se queda seca por arriba: el sistema no se rompe, simplemente deja de alcanzar. Hoy las khettaras del Haouz han desaparecido casi por completo.
El palmeral que se ve desde la carretera es, en buena medida, el resto de ese sistema. Sigue en pie porque ahora se riega con pozos, pero su forma —la extensión, la separación entre palmeras, el trazado— la decidió una red de túneles que ya no lleva nada.
04 La otra cara de la misma montaña
El Alto Atlas que da el agua es también el que se mueve. El 8 de septiembre de 2023, a las 23:11, un terremoto de magnitud 6,8 tuvo su epicentro en la comuna rural de Ighil, provincia de Al Haouz, a unos setenta kilómetros al suroeste de Marrakech.
Murieron al menos 2.960 personas, la mayoría fuera de la ciudad. Se contabilizaron 69.674 edificios dañados, de los cuales 22.296 quedaron destruidos por completo. Fue el terremoto más fuerte registrado instrumentalmente en Marruecos y el más mortífero en sesenta años, y golpeó sobre todo a los pueblos de ladera del Alto Atlas, construidos en tierra sobre pendientes muy inclinadas.

05 Cómo se lee la región
Con esto en la cabeza, el trayecto habitual —de Marrakech a los valles del sur, o de Marrakech a la costa— deja de ser una sucesión de paisajes y se vuelve un recorrido por un sistema. La montaña acumula. La llanura consume. Entre las dos hubo durante ochocientos años una red de conductos que ya no funciona, y los pueblos que estaban más cerca del origen del agua son los que peor lo pasaron en 2023.
Y explica una cosa que desconcierta al llegar: por qué una ciudad tan grande está exactamente ahí, en mitad de una llanura seca y sin río útil. No está junto al agua. Está en el punto donde el agua, traída por debajo del suelo desde la montaña, todavía llegaba con presión suficiente.





