En Mendoza solo está regado el 4 % del territorio, y ahí vive el 95 % de la gente
La provincia mide 148.827 kilómetros cuadrados y recibe entre 150 y 350 milímetros de lluvia al año. Todo lo verde que se ve —las viñas, los frutales, los cien mil árboles de las calles de la capital— está ahí porque alguien lleva siglos repartiendo el agua del deshielo por una red de acequias.

El nombre de Mendoza evoca hileras de viña, álamos y agua corriendo. Es una imagen exacta y es una imagen de una franja mínima del territorio. Lo que hay alrededor, y es casi todo, es matorral seco.
La cifra que ordena la provincia entera es esta: las zonas regadas suponen alrededor del 4 % de la superficie y ahí vive más del 95 % de la gente. Todo lo demás —el 96 % del mapa— está prácticamente vacío.
01 Un desierto con nombre de región vitivinícola
Conviene empezar por el dato que cuesta creer. La ciudad de Mendoza recibe 223,2 milímetros de lluvia al año y su clima está clasificado como desierto frío. No es una zona seca ni semiárida: es un desierto, con la definición técnica en la mano.
En el conjunto del llano provincial la horquilla va de 150 a 350 milímetros anuales. Solo en las laderas altas de la cordillera se superan los 600, y ahí la precipitación cae casi exclusivamente en invierno y casi siempre en forma de nieve.
Esa última frase es la clave de todo lo demás. El agua de Mendoza no cae donde se usa. Cae arriba, en la montaña, en forma sólida, y llega al llano meses después, cuando la nieve se derrite y baja por los ríos.
02 El 4 % y el 95 %
Un territorio así no se puebla de manera uniforme: se puebla en manchas, alrededor de los ríos. Esas manchas se llaman oasis, y ocupan en torno al 4 % de los 148.827 kilómetros cuadrados de la provincia.
En esa fracción se concentra más del 95 % de los dos millones largos de habitantes de la provincia. Dicho de otro modo: casi toda la población de Mendoza vive dentro de una obra de ingeniería hidráulica, y fuera de ella no vive casi nadie.
El tamaño del sistema explica por qué. La provincia tiene más de 350.000 hectáreas con acceso a agua de riego, lo que supone en torno al 25 % de toda la superficie regada de Argentina. Una cuarta parte del riego del país está en un desierto.
03 La acequia es la pieza clave
La pieza que hace funcionar todo esto no es una presa espectacular ni una tubería moderna: es la acequia. Canales pequeños, muchos de ellos a la vista, que corren junto a las calles y reparten el agua metro a metro.

El sistema no es moderno. Su origen se remonta a época prehispánica, cuando el pueblo huarpe empezó a sistematizar el riego y el uso del agua en estos valles. Lo que hoy estructura el territorio provincial es, en buena medida, la ampliación de aquel esquema.
Para el visitante, esto tiene un efecto inmediato y bastante desconcertante: en Mendoza el agua se ve. No está escondida bajo el asfalto, corre al aire libre por un canal abierto junto a la acera, y hay que aprender a mirar dónde se pisa al bajar de un coche.
04 Cien mil árboles que hay que regar
El resultado más visible del sistema es el arbolado. En las calles de la capital hay alrededor de cien mil árboles, y todos dependen del riego que les llega por las acequias. Ninguno de ellos crecería solo en un lugar de 223 milímetros anuales.
En el conjunto del área metropolitana la cifra sube por encima de los 615.000 ejemplares, repartidos en unas 179 especies. Es un bosque urbano completo, con su censo y su inventario, plantado sobre un desierto y sostenido a mano.
Y cumple una función que va más allá de lo estético. En una ciudad donde la máxima media de enero ronda los 33 grados, la sombra continua de las calles arboladas es un sistema de refrigeración urbana, no un adorno.
05 Tres oasis, no uno
El 4 % regado no es una sola mancha. Son tres, y cada una tiene su río, su altura y su carácter: el oasis Norte, alrededor del río Mendoza; el Valle de Uco, sobre el Tunuyán; y el oasis Sur, en la cuenca del Diamante y el Atuel.
Los ríos son la variable que los separa, y todos nacen del mismo sitio: la nieve de la cordillera. Por eso un invierno con poca nieve se paga en el llano un año después, y por eso el agua aquí no se administra por temporadas sino por caudales asignados.
Sobre esa base se levantó la industria que dio fama a la provincia: unas 1.200 bodegas que producen alrededor del 70 % de los cerca de 1.500 millones de litros de vino que se elaboran cada año en el país. Es una cifra enorme para un sitio que, sobre el papel, no tiene agua.
06 Y el 96 % restante
Queda la parte del mapa que casi nunca se recorre y que es casi todo el mapa. Al oeste, la cordillera, con el Aconcagua y sus 6.960,8 metros, la cumbre más alta de América. Al este y al sur, la travesía de matorral bajo y suelo pedregoso.

Ese 96 % no es un fracaso ni un vacío: es el estado natural del sitio. Lo excepcional, lo que hay que explicar, no es el desierto. Es la franja verde que lo interrumpe.
Y de ahí sale la manera más útil de mirar Mendoza. En vez de ver viñedos y montaña como dos atracciones separadas, conviene verlas como las dos mitades de un mismo mecanismo: la nieve que se acumula arriba en invierno y la red de canales que la reparte abajo en verano. Sin la primera no hay segunda, y sin las dos no hay provincia.




