Destino

Mónaco, el país que fabrica el suelo que le falta.

Dos kilómetros cuadrados encajados entre una montaña y el mar, sin margen para crecer en horizontal. La respuesta del país lleva sesenta años siendo la misma y solo tiene dos direcciones posibles: hacia dentro del agua y hacia arriba. Verlas funcionar a la vez es lo que hace distinto a este lugar.

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Fontvieille al anochecer: un barrio entero, con su puerto, levantado sobre terreno que en 1966 todavía era mar.
Fontvieille al anochecer: un barrio entero, con su puerto, levantado sobre terreno que en 1966 todavía era mar.Pierre Blaché·CC0 1.0

01 Dos kilómetros cuadrados y ninguna salida

Las cifras del país explican el problema antes que cualquier descripción. Poco más de dos kilómetros cuadrados de superficie total. Una línea de costa de 3,83 kilómetros, la más corta del mundo entre los países con mar. Una densidad de más de dieciocho mil habitantes por kilómetro cuadrado, la mayor del planeta. Y un punto más alto de 164 metros, alcanzado a apenas unos cientos de metros de la orilla.

Esa última cifra es la que más condiciona la vida diaria. Mónaco no está construido en una llanura junto al mar: está encajado en una ladera que sube casi en vertical desde el agua. Entre el puerto y las calles altas hay más de ciento sesenta metros de desnivel repartidos en muy poca distancia horizontal. El país no tiene barrios uno al lado del otro, sino uno encima del otro.

El peñón de Mónaco-Ville visto desde abajo: un acantilado de roca coronado por el casco antiguo, con el puerto deportivo a la derecha.
El peñón sobre el que se fundó Mónaco: la única superficie plana original del país está en lo alto de un acantilado.Tangopaso / Wikimedia Commons / Public domain  · Public domain

02 Primera dirección: hacia dentro del agua

El barrio de Fontvieille no existía hace sesenta años. Se construyó entre 1966 y 1985 vertiendo bloques de hormigón sobre el fondo marino y rellenando: 35,5 hectáreas nuevas, algo más de una quinta parte de todo el territorio nacional. No es un espigón ni un paseo ganado al mar. Es un barrio completo, con su puerto deportivo, sus manzanas de viviendas, su estadio y sus comercios, sobre terreno que antes era agua.

La operación se repitió en 2024 con Mareterra, seis hectáreas nuevas entre Monte-Carlo y Larvotto proyectadas por Renzo Piano. Cambian la escala y el vocabulario —ahora se habla de ecobarrio—, pero el gesto es idéntico: si no hay suelo, se fabrica. Lo interesante no es que se haga una vez, sino que se haya convertido en el método normal de crecimiento de un país.

Edificios blancos escalonados de Mareterra sobre un muelle recto, con el agua verde azulada del Mediterráneo en primer término.
Mareterra, abierto en 2024: seis hectáreas que hace cuatro años eran mar abierto entre Monte-Carlo y Larvotto.Mmferrero / Wikimedia Commons / CC0 1.0  · CC0 1.0

Se nota al caminar. El borde del país no tiene la forma irregular que dejan las rocas y las corrientes: tiene esquinas. Los muelles de Fontvieille son rectos, los ángulos son de plano, y desde el mar la silueta delata dónde acaba la geografía y empieza el proyecto. Pocos lugares permiten ver con tanta claridad la costura entre lo que estaba y lo que se añadió.

Vista de Fontvieille desde las rocas de Cap-d'Ail: una hilera continua de bloques de viviendas sobre un frente marítimo recto.
Fontvieille desde el oeste. El frente es una línea recta, no una costa: la orilla es una decisión de proyecto.Tangopaso / Wikimedia Commons / Public domain  · Public domain

03 Segunda dirección: hacia arriba

La segunda respuesta es menos visible y bastante más original. Para resolver esos ciento sesenta metros de desnivel, Mónaco no construyó funiculares ni teleféricos de postal: montó una red de circulación vertical pública y gratuita, integrada en el tejido de la ciudad. Setenta y nueve ascensores, treinta y cinco escaleras mecánicas y ocho cintas transportadoras, repartidos por un territorio que se cruza a pie en media hora.

No están señalizados como una atracción. Son puertas de vidrio discretas en muros de contención, a menudo junto a un aparcamiento, con un cartel que pone «ascenseur public». Se entra, se sube seis plantas y se sale a otra calle. Funcionalmente no son ascensores: son tramos de calle puestos de pie. Un peatón puede atravesar Mónaco sin subir un solo escalón, y esa es probablemente la decisión urbana más singular del país.

Escalera mecánica pública al aire libre en Fontvieille, junto a un tramo de escalones y una terraza ajardinada.
Una escalera mecánica pública en Fontvieille, junto a los escalones que sustituye. La red vertical es gratuita y forma parte del viario.Wikimedia Commons / Public domain  · Public domain

El mismo criterio explica cosas que de otro modo parecen excentricidades. La única estación de tren del país está enteramente bajo tierra desde 1999: un túnel curvo de 466 metros de largo, 22 de ancho y 13 de alto, excavado en la roca. La superficie es demasiado valiosa para gastarla en vías, así que las vías se metieron dentro de la montaña. Aquí la infraestructura no ocupa suelo: lo libera.

04 Lo que se paga por fabricar suelo

La contradicción es evidente en cuanto llevas medio día caminando. Un país que dedica una energía enorme a producir superficie tiene, al mismo tiempo, la densidad más alta del mundo. Cada hectárea ganada se ocupa casi de inmediato. El resultado no es un lugar más despejado, sino uno más completo: no queda solar, ni descampado, ni margen sin uso asignado.

Eso produce una sensación específica que conviene nombrar sin adornarla. Mónaco está terminado. No hay zonas en transición, ni bordes deshilachados, ni ese desorden de las afueras que en otras ciudades da respiro. Todo está resuelto, mantenido y en uso. Para algunos visitantes eso resulta admirable; para otros, opresivo. Las dos reacciones son razonables y describen el mismo hecho.

Vista nocturna aérea de Fontvieille, con el puerto deportivo iluminado y las manzanas de edificios ocupando toda la península artificial.
Fontvieille de noche: la península fabricada está ocupada de borde a borde. El suelo nuevo se llena tan rápido como se crea.Pierre Blaché / Wikimedia Commons / CC0 1.0  · CC0 1.0

05 Lo que Mónaco te deja

El tópico dice que Mónaco se recuerda por el lujo. En realidad, lo que se queda es algo bastante más raro: la experiencia de estar en un sitio donde el terreno mismo es un producto. Caminas sobre suelo que alguien decidió que existiera, subes por calles que son ascensores y cruzas un país que cabe en un paseo de media hora y que, aun así, ha necesitado seis décadas de obra para caber en sí mismo.

Eso deja una pregunta que sobrevive al viaje. Casi todas las ciudades del mundo crecen ocupando lo que tienen alrededor; esta agotó lo que tenía alrededor hace mucho y siguió creciendo igualmente, hacia el agua y hacia el aire. Al salir no piensas en los yates ni en los coches: piensas en que has estado paseando por una respuesta, no por un paisaje.

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María Reyes

Editora de Destinos · Flowtravel

María escribe sobre ciudades desde la cultura y la vida cotidiana.

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