Destino

El aire más limpio del mundo se mide en Tasmania, y la razón parte la isla en dos

En la punta noroeste hay una estación que mide desde 1976 lo que se conoce como aire de referencia: el viento llega tras miles de kilómetros de océano Antártico sin tocar tierra. Ese mismo viento descarga al entrar: Strahan, en la costa oeste, recibe 1.496,6 milímetros de lluvia al año; Hobart, al otro lado, 565,3.

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La costa del extremo noroeste: farallones de roca oscura, oleaje blanco y matas de hierba dura en el borde. Enfrente no hay nada hasta Sudamérica.
La costa del extremo noroeste: farallones de roca oscura, oleaje blanco y matas de hierba dura en el borde. Enfrente no hay nada hasta Sudamérica.Ian Cochrane·CC BY 2.0

Hay un dato de Tasmania que parece una curiosidad de laboratorio y que en realidad explica cómo funciona la isla entera: en su esquina noroeste se mide el aire más limpio del planeta. No es una metáfora publicitaria ni un eslogan turístico; es una función científica concreta, y la isla la cumple por una sola razón: por dónde está.

Y esa misma razón —la posición— es la que hace que un lado de la isla reciba casi el triple de lluvia que el otro.

01 Una isla en mitad de una corriente de aire

Entre los paralelos 40 y 50 del hemisferio sur ocurre algo que no tiene equivalente en el norte: no hay casi tierra. El océano da la vuelta completa al planeta sin obstáculos, y por encima de él circula un cinturón de vientos del oeste constante y potente que los navegantes bautizaron como los cuarenta rugientes.

En el hemisferio norte, a esa latitud, están Europa, Norteamérica y Asia frenando y desviando el aire. En el sur no hay nada que lo pare. Y Tasmania está exactamente en su camino: una isla de 68.402 kilómetros cuadrados plantada en mitad de una autopista de viento que no encuentra otra cosa.

Alineación de decenas de aerogeneradores blancos sobre praderas verdes y llanas que se pierden hacia el horizonte, bajo un cielo azul con nubes rápidas.
Aerogeneradores en el extremo noroeste. La densidad de máquinas es la prueba económica de un dato meteorológico: aquí el viento no falla.Gary Houston / CC0  · CC0

La consecuencia visible está en el paisaje: bosques inclinados en la dirección del viento, praderas peladas en las crestas y, en el noroeste, uno de los mayores conjuntos de aerogeneradores del país. Nadie instala tantas turbinas donde el viento es caprichoso.

02 Por qué se mide el aire justo ahí

En 1976 se levantó en esa punta una estación de medición atmosférica, y su elección de emplazamiento fue puramente geométrica. Cuando el viento sopla del oeste o del suroeste, el aire que llega ha recorrido miles de kilómetros de océano abierto sin pasar por encima de ninguna masa de tierra: ni ciudades, ni carreteras, ni polvo continental.

Costa recortada de acantilados bajos y farallones oscuros con oleaje rompiendo entre ellos, y pastizales verdes cayendo hacia el mar en primer plano.
El borde del continente en su esquina noroccidental. Es el último punto de tierra que toca este aire antes de ser medido.Ian Cochrane / CC BY 2.0  · CC BY 2.0

A esas muestras se las llama aire de referencia, y sirven como patrón: son el punto cero contra el que se comparan las mediciones de gases de todo el planeta. La estación registra gases de efecto invernadero, sustancias que dañan la capa de ozono y decenas de gases traza, y desde 1978 se guarda además un archivo físico de muestras de aire.

Es uno de los tres emplazamientos del mundo reconocidos para esa función. Dicho de otro modo: para saber cuánto ha cambiado la atmósfera terrestre hace falta un sitio donde todavía no haya cambiado del todo, y ese sitio está aquí por pura geografía.

03 El mismo viento que trae la lluvia

Ese aire no llega solo limpio: llega cargado de humedad, porque viene de miles de kilómetros de mar. Y en cuanto se encuentra con la isla y con su relieve, tiene que ascender, se enfría y descarga. Todo eso ocurre en la mitad occidental.

Bosque muy cerrado con troncos retorcidos cubiertos de musgo verde y raíces entrelazadas sobre un arroyo de agua clara que corre entre las piedras.
Bosque templado húmedo en el interior occidental. Con este régimen de lluvia, el musgo cubre la corteza, las piedras y el suelo por igual.Artefotograf / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

Las cifras lo dicen sin adornos. Strahan, en la costa oeste, recibe 1.496,6 milímetros al año, con agosto como mes más lluvioso, 183 milímetros. Y no hay estación seca: incluso en enero caen 80,3. El resultado es bosque templado húmedo permanente, de los pocos que quedan en el hemisferio sur.

04 La mitad seca

Cuando ese aire termina de cruzar la isla ya no le queda casi nada, y la mitad oriental vive a sotavento. Hobart, en el sureste, recibe 565,3 milímetros anuales: menos de la mitad que Strahan, y en una isla que de oeste a este apenas mide unos trescientos kilómetros.

Bloques de granito redondeados cubiertos de líquenes de un naranja intenso al borde de un mar azul y en calma, con una punta boscosa al fondo.
La costa oriental, a sotavento del viento dominante. Aquí el mar está en calma y llueve la mitad que en el otro extremo de la isla.Diego Delso / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

Ese contraste ordena el reparto de la población y del uso del suelo. Casi todo el mundo vive en el este y en el norte, donde hay sol, tierra cultivable y puertos abrigados. El oeste, empapado y batido por el viento, está prácticamente vacío, y por eso es donde se concentran los parques nacionales.

De ahí sale la cifra de protección: alrededor del 42 % de la superficie de la isla está bajo alguna figura de reserva, y un 21 % es Patrimonio Mundial. No se protegió por virtud, o no solo: se protegió lo que nadie había podido ocupar.

05 Una isla que se separó hace poco

Falta un dato para cerrar el mapa. Tasmania está a 240 kilómetros del continente, separada por el estrecho de Bass, pero no siempre lo estuvo: al final de la última glaciación, cuando el nivel del mar subió, ese estrecho se inundó y la isla quedó aislada.

En términos geológicos es reciente, y biológicamente lo cambia todo. Una porción del continente quedó encerrada con lo que tenía dentro, y varias especies que desaparecieron en tierra firme sobrevivieron aquí porque el mar les había puesto una barrera de doscientos cuarenta kilómetros.

Bahía de arena blanca en forma de media luna vista desde una loma, con agua turquesa y una península de montañas bajas y boscosas cerrándola al fondo.
Una bahía del este vista desde el mirador. Esta costa mira al continente, no al océano abierto, y su clima lo refleja.JJ Harrison / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

06 Lo que esto cambia para quien viaja

La primera consecuencia es que hay que elegir mitad, o al menos saber en cuál se está. El oeste es bosque húmedo, cielo bajo y carreteras de curvas; el este es playa, granito naranja y sol. Son doscientos kilómetros de distancia y dos climas distintos.

La segunda es de equipaje, y es la que más viajes estropea. Aquí no existe una estación seca fiable en ninguna de las dos mitades: en la costa oeste llueve todos los meses del año, y en Hobart la lluvia está repartida entre 37 y 63 milímetros mensuales sin un solo mes claramente seco. Un chubasquero no es opcional en marzo ni en enero.

Y la tercera es de perspectiva. Cuando estés en un mirador de la costa occidental mirando al mar, conviene recordar qué hay enfrente: nada, durante miles de kilómetros, hasta Sudamérica. Ese vacío es lo que produce el viento, la lluvia, los bosques y el aire que sirve de patrón al resto del planeta.

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María Reyes

Editora de Destinations · Flowtravel

María Reyes busca la lógica física de cada lugar: por qué está donde está y por qué tiene la forma que tiene.

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