Hay destinos en los que viajar solo cuesta trabajo: mesas para dos, menús de degustación, actividades pensadas para pareja. Los Valles Centrales de Oaxaca son lo contrario. Aquí se come de pie o en banco corrido, se pide señalando y nadie se fija en cuántos sois. Y la semana ya viene organizada de fábrica.

01 Por qué una sola base

La ciudad de Oaxaca está a 1.555 metros, en la única llanura amplia del estado, justo donde se juntan tres brazos de valle: el de Etla al norte, el de Tlacolula al este y el de Zimatlán y Ocotlán al sur. Todo lo que interesa a un viaje de comida cabe en esos tres brazos, y ninguno queda a más de una hora larga.

Fuera de ese triángulo, la aritmética se rompe. El estado tiene una altitud media de 1.644 metros y algo más de la mitad de su superficie es montaña: cien kilómetros de mapa pueden ser tres horas de curvas. Moverse de base cada dos noches, en un viaje de siete, significa pasar dos días completos en carretera.

¿Cómo encaja Oaxaca con un viaje en solitario centrado en la comida?
Comer solo sin incomodidad Comedores de mercado, barras corridas y puestos donde se pide señalando
Variedad en un radio corto Cuatro mercados de pueblo distintos a menos de una hora larga de la ciudad
Precio Comer en mercado cuesta una fracción de lo que cuesta en restaurante
Moverse sin coche Colectivos y autobuses cubren los cuatro pueblos de plaza; no hay tren
Horarios previsibles Muchos puestos abren temprano y cierran al agotar la olla, no a una hora fija
Tranquilidad y silencio El plan es ruidoso por definición: mercados llenos, música y gente

02 El calendario manda

El valle no tiene un gran mercado central que abra todos los días con todo dentro. Tiene un sistema rotatorio: cada pueblo tiene su día de plaza, y ese día los productores bajan de la sierra y montan un tianguis que ocupa media localidad. Miércoles en Villa de Etla, jueves en Zaachila, viernes en Ocotlán de Morelos, domingo en Tlacolula de Matamoros.

Puesto de carnicería con piezas de carne roja colgadas de ganchos y largas ristras de chiles secos suspendidas del techo, sobre un mostrador con bandejas de carne adobada.
Carne colgada y ristras de chile seco en un mercado de la ciudad. En estos pasillos se compra la carne y se lleva a asar a un brasero del propio mercado.Anagoria / CC BY 3.0·CC BY 3.0

Ese reparto no es folclore ni una idea de turismo: es la respuesta a un relieve que nunca dejó juntar dos valles. Un solo mercado grande habría dejado fuera a media población, así que la solución fue repartir la semana para que un mismo circuito de vendedores pudiera recorrerlos todos sin repetir jornada.

03 Comer solo aquí es fácil

La unidad básica no es el restaurante: es el comedor de mercado. Bancos corridos, una olla grande, dos o tres platos del día y sitio libre en cuanto alguien se levanta. Nadie tiene que sentarse enfrente de ti para que te sirvan, y nadie va a preguntarte si esperas a alguien.

Eso cambia el viaje entero. Puedes comer cinco veces al día en porciones pequeñas, probar sin comprometerte a un menú y cambiar de puesto cada plato. Es exactamente lo que un viaje en pareja o en grupo no permite hacer con la misma facilidad.

Viajar solo es una desventaja en casi todas partes menos en un mercado. Ahí es la mejor manera de hacerlo.

04 Qué pedir y en qué orden

Empieza por la tlayuda, que es lo más fácil de pedir y lo más difícil de olvidar: una tortilla grande y delgada, tostada en comal hasta quedar rígida, con asiento de cerdo, frijol untado, quesillo deshebrado y encima la carne que elijas. Se come doblada, con la mano, y aguanta perfectamente una ración para una persona.

Tortilla grande y redonda cubierta de frijol oscuro, carne picada, queso y verdura, servida abierta en un plato blanco sobre un mantel rosa fuerte.
Una tlayuda servida abierta. En los puestos de mercado suele salir doblada y envuelta en papel, para comerla de pie.Jj saezdeo / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

Sigue por el mole. En Oaxaca se citan siete moles clásicos —negro, coloradito, amarillo, verde, chichilo, estofado y manchamanteles— y no son variaciones del mismo: cambian el chile, el color, la textura y el uso. El negro es el más complejo y el que más se pide; el amarillo, más ligero, se encuentra sobre todo en empanadas de mercado.

Plato blanco con arroz blanco a un lado y varias piezas de carne bañadas en una salsa muy oscura y espesa, con un tenedor apoyado en el borde.
Mole negro con arroz. El color no viene del chocolate sino de los chiles tostados casi hasta quemarse, que son la base del guiso.ProtoplasmaKid / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

Y luego están los chapulines. Se venden por montones en canastas, secos, tostados con ajo, limón y sal, en tres o cuatro tamaños. Se comen a puñados pequeños, como aperitivo, o dentro de la tlayuda. Si te frena la idea, empieza por los más pequeños: saben sobre todo a limón y a tostado.

Primer plano de varios cestos forrados de plástico rojo llenos de saltamontes secos y tostados de color pardo rojizo.
Canastas de chapulines en un mercado del valle. Se venden por tamaños: los pequeños son los más suaves y los que conviene probar primero.DavidConFran / CC BY-SA 3.0·CC BY-SA 3.0

05 El día del mezcal

El brazo oriental del valle, camino de Tlacolula y Mitla, concentra los palenques: destilerías pequeñas donde el agave se cuece en un horno de tierra, se muele con una rueda de piedra tirada por un animal y se destila en alambiques diminutos. Muchos reciben visitas sin cita y explican el proceso en veinte minutos.

Rueda de piedra vertical dentro de un pilón circular de ladrillo lleno de fibras de agave machacadas, con una mula enganchada al eje bajo un techado de cañas.
La tahona de un palenque: la rueda de piedra machaca el agave ya cocido antes de la fermentación. Sigue moviéndose a tracción animal en muchos talleres del valle.Slevinr / CC BY 3.0·CC BY 3.0

Un aviso práctico para quien viaja solo: si vas a catar, no conduzcas, y si vas en colectivo, calcula la vuelta. Los palenques se visitan por la mañana y el último transporte al valle sale antes de lo que parece. Es el único punto del plan en el que ir sin compañía obliga a mirar el reloj.

06 Cómo queda la semana

Llega un lunes o un martes y usa los primeros días para la ciudad: los mercados urbanos abren a diario y son el mejor sitio para equivocarse barato mientras aprendes los nombres. Miércoles, Etla. Jueves, Zaachila. Viernes, Ocotlán. Guarda el sábado para los talleres y los palenques del brazo oriental, y reserva el domingo entero para Tlacolula.

Ese orden tiene una ventaja poco evidente: cada pueblo tiene su especialidad, y verlos en días distintos evita la sensación de repetir. En Etla pesan los quesos y los textiles; en Zaachila, los guisos; en Ocotlán, la artesanía y las empanadas de amarillo; en Tlacolula, todo a la vez y en mayor cantidad.

Y una última cosa sobre la fecha. Si puedes elegir, apunta a la segunda mitad de octubre o a noviembre: la lluvia ya se ha retirado, el campo sigue verde y las carreteras del valle están en su mejor estado. Evita junio y septiembre, que son los dos meses más lluviosos, y si viajas en julio ten en cuenta que las dos semanas de la Guelaguetza llenan la ciudad y suben los precios.

Evalua este articulo

Tu voto ayuda a priorizar que historias editar despues.

Sin votos todavia
SN

Sofía Navarro

Editora de Made For You — Compatibilidad entre Viajeros y Destinos · Flowtravel

Sofía Navarro interpreta la compatibilidad entre viajeros y destinos: por qué un lugar funciona para alguien y no para otros.