Esta es una de esas excursiones que todo el mundo ha visto en una foto y muy poca gente ha leído en cifras. La foto dura un segundo; la caminata, un día entero.
01 Las cifras, antes que la foto

El recorrido clásico sale de un aparcamiento a pie de valle y son 27 kilómetros ida y vuelta con 1.100 metros de desnivel acumulado. El cálculo habitual es de diez a doce horas, paradas incluidas, y no es un cálculo conservador.
El desnivel no está repartido. En el primer kilómetro y medio se suben unos 450 metros, y después, tras un respiro, hay otro tramo empinado de unos 330. Es decir, el grueso del esfuerzo está en los primeros cuatro kilómetros.
Lo que viene después es una meseta larga, con subidas y bajadas suaves, cruces de arroyos secos y marmitas excavadas por el hielo. Es bonito y es monótono, y es donde se gastan las horas: la roca está a unos 13,5 kilómetros de la salida.
Trece kilómetros y medio de ida para una repisa de roca. Y luego los otros trece y medio.
02 De ochocientos al año a ochenta mil
Hasta 2010, menos de ochocientas personas subían aquí cada año. En 2016 se estimaron más de ochenta mil. Es un salto de cien veces en seis años, y no lo provocó ninguna carretera nueva ni ninguna campaña: lo provocó la fotografía compartida.
Ese dato conviene tenerlo presente porque explica todo lo demás: los aparcamientos de pago, las reservas por internet, los carteles de aviso, los escalones construidos en los tramos duros y las cabañas de emergencia repartidas por la meseta.
También explica una tensión que se nota sobre el terreno. Una ruta de montaña exigente diseñada para unos cientos de excursionistas ha tenido que absorber decenas de miles, y las infraestructuras han ido siempre por detrás del número de gente.
03 La cola del final

Hay que decirlo claro, porque casi nadie lo dice: en un día despejado de verano, al llegar te encuentras una fila. La gente espera su turno para salir a la laja, hacerse la foto y volver, de uno en uno o de dos en dos.
La espera puede irse a una hora larga en las horas centrales, y hay que sumarla a las diez o doce de caminata. Si vas justo de tiempo o de luz, esa cola es la diferencia entre volver de día o volver con frontal.
También conviene saber que la roca no es el único sitio desde donde se ve el paisaje. Media meseta se asoma al mismo valle, y si el objetivo es la vista y no el retrato, puedes ahorrarte la fila por completo.
04 No hay dónde refugiarse
Esta es la parte que más se subestima. En los 27 kilómetros no hay ningún sitio donde comprar agua o comida, ni refugio de montaña con servicio. Todo lo que vayas a beber y a comer lo llevas tú desde abajo.
Sí hay dos cabañas de emergencia repartidas por el recorrido, pensadas exactamente para lo que su nombre indica: guarecerse si el tiempo se estropea o si alguien no puede continuar. No son una parada prevista del día.
El otro factor es el tiempo atmosférico. Estás a mil cien metros en una región donde llueve dos de cada tres días, y la meseta es campo abierto sin un árbol. La niebla puede cerrarse en minutos, y entonces la señalización pintada es lo único que queda.
05 La temporada dura cuatro meses

La ventana para hacerlo por tu cuenta va del 1 de junio al 30 de septiembre. Fuera de esas fechas, de octubre a mayo, la recomendación oficial es ir con guía, y no es una formalidad: la meseta se cubre de nieve y la ruta deja de ser evidente.
La logística también tiene calendario. El aparcamiento alto, que ahorra los cuatro kilómetros más duros de la subida, abre del 8 de junio al 30 de septiembre, y entre el 1 de junio y el 15 de septiembre hay que reservar plaza por internet.
Por la ruta en sí no se paga nada; lo que se paga es aparcar. El aparcamiento del valle ha rondado en los últimos años las quinientas coronas, y el peaje de la pista que sube al de arriba se abona aparte. Conviene comprobar tarifas y reservas antes de salir.
06 Cómo montarlo
La versión sensata es dormir la noche anterior en el valle y salir con las primeras luces. En junio, con el día prácticamente interminable a esta latitud, se puede empezar a las cinco de la mañana y tener luz de sobra para lo que se tuerza.
La decisión que más cambia el día es dónde aparcas. Desde el aparcamiento alto te ahorras los cuatro kilómetros más empinados y el recorrido baja a unos veinte, lo que convierte una jornada durísima en una jornada larga y normal.
Y una recomendación de calendario: si puedes, ve en junio o a principios de septiembre y entre semana. Ganas luz, pierdes cola y te alejas del pico de agosto. Lo que no cambia en ningún caso son los kilómetros ni el desnivel: eso lo pagas igual.



