La ciudad recibe 238,5 milímetros de precipitación al año, una cifra de clima semiárido, y está a unos 800 metros de altitud sobre una meseta. Esos dos datos juntos producen un calendario poco habitual en la región: veranos secos y llevaderos, e inviernos bastante más incómodos de lo que casi nadie espera.
01 Cero milímetros
El reparto es tajante. De noviembre a marzo caen 216,4 de los 238,5 milímetros anuales, con enero a la cabeza (60,6 mm en once días) y febrero justo detrás (57,9 en casi once). De abril a octubre, en cambio, la suma de los siete meses no llega a 17 milímetros.
02 El invierno sorprende
Aquí está el error que más gente comete. Se asocia esta parte del mundo con el desierto y se da por hecho que el invierno será templado, y no lo es: enero tiene 12,6 grados de máxima media y 4,2 de mínima, y el récord absoluto registrado es de −4,5. A 800 metros de altitud, en una meseta abierta, el frío es real.
Y hay una consecuencia práctica que conviene anticipar: en esa cota, con esas mínimas, la nieve es posible. No es frecuente, pero cuando cae paraliza una ciudad construida sobre pendientes fuertes, y eso significa carreteras cortadas y trayectos imposibles durante uno o dos días. Diciembre y enero son los meses de riesgo.
Julio: 0,0 milímetros de lluvia y 387 horas de sol. Enero: 60,6 milímetros, once días de lluvia y récord de −4,5 grados.
03 Mil metros más abajo

Y ahora la parte que ninguna tabla climática de la capital recoge. A poco más de media hora de coche hacia el oeste, el terreno se desploma: la ciudad está a unos 800 metros sobre el nivel del mar y la orilla del mar Muerto está a unos 400 por debajo. Son más de 1.200 metros de desnivel en una distancia muy corta.
El efecto sobre la temperatura es exactamente el que cabe esperar: abajo hace bastante más calor que arriba, todo el año y a cualquier hora. En la práctica, eso convierte una desventaja en una herramienta. En invierno, cuando en la ciudad hace 12 grados y llueve, el valle es el plan; en pleno agosto, con 32,8 arriba, el valle es exactamente lo que hay que evitar.
04 Dos ventanas y no una

El calendario tiene dos temporadas buenas, simétricas respecto al verano. La de primavera es abril y mayo: 23,6 y 28,1 grados de máxima, 8,2 y 3,0 milímetros de lluvia, y 267 y 329 horas de sol. La de otoño es septiembre y octubre: 30,9 y 27,2 de máxima, con 0,1 y 5,4 milímetros.
Entre las dos hay una diferencia que decide para muchos viajes: la primavera trae verde en la meseta después de las lluvias de invierno, y el otoño trae el paisaje pardo del final del verano. Si el viaje incluye salir al campo, abril y mayo ganan; si es un viaje de ciudad y de yacimientos, septiembre y octubre están igual de bien y suelen ser más baratos.
05 El veredicto
Abril, con ventaja clara. Junta 23,6 grados de máxima y 11,2 de mínima —la horquilla perfecta para andar todo el día por una ciudad de cuestas—, solo 8,2 milímetros de lluvia y 267 horas de sol, y llega justo cuando la meseta todavía conserva el verde del invierno. Octubre es la segunda opción y no está lejos.
Y una regla que ahorra disgustos: no descartes el verano por el calor. Con 32,8 grados de máxima, humedad del 44 al 51 % y cero lluvia, la meseta en agosto es perfectamente llevadera si organizas el día temprano. Lo que sí hay que evitar en verano es bajar al valle, donde ese mismo día es otra cosa completamente distinta.
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