La ciudad recibe 116 milímetros de precipitación al año, todos entre octubre y abril, y su temperatura media anual es de 27,2 grados. Con esos dos datos el calendario se resuelve solo: hay medio año en que la ciudad se puede recorrer y medio año en que sencillamente no.
01 Cero, cuatro meses seguidos
Los números de la sequía, en fila: mayo 0,4 milímetros, junio 0,0, julio 0,0, agosto 0,0, septiembre 0,0 y octubre 1,4. Es decir, hay cinco meses consecutivos en los que la media es prácticamente nula y cuatro en los que es exactamente cero. Todo lo que llueve al año se concentra entre noviembre y abril, con enero a la cabeza con 30,2 milímetros.
02 Cuarenta y seis grados de media

Conviene mirar las máximas medias de verano dos veces, porque no son récords: son la normalidad. Junio 45,1 grados, julio 46,6, agosto 46,4 y septiembre 43,0. El récord absoluto de la serie, medido en la ciudad, es de 52,1 grados en julio, y esa serie arranca en 1956.
Pero el dato que de verdad decide es la mínima. En julio la mínima media es de 30,4 grados y en agosto de 29,7: no baja de treinta ni de madrugada. Eso significa que no hay ninguna hora del día en la que se pueda estar cómodamente en la calle, y que el famoso truco de madrugar aquí no funciona.
En julio la mínima media es de 30,4 grados. No hay hora fresca: no existe.
03 El invierno existe de verdad

La sorpresa del calendario está en el otro extremo. Enero tiene 19,6 grados de máxima media y 7,6 de mínima, y el récord de frío de la serie es de −4,0 grados, con valores bajo cero también registrados en febrero y diciembre. En una ciudad que asociamos con el calor extremo, eso descoloca, y conviene meter algo de abrigo en la maleta.
El invierno es además la única temporada lluviosa, y aquí la lluvia tiene una consecuencia práctica que en otros sitios no tendría: en un terreno sin drenaje natural y con una ciudad construida para no llover, un aguacero de 20 milímetros puede encharcar calles y complicar el tráfico durante horas. Son episodios cortos y poco frecuentes, pero conviene contar con ellos.
04 El polvo y la calima

Hay una tercera variable que no aparece en la tabla y que conviene tener presente: el polvo. En una llanura desértica y sin vegetación, el viento levanta partículas con facilidad, y hay días —sobre todo en primavera y verano— en que la visibilidad cae mucho y el cielo se vuelve blanco o pardo.
Para el viajero eso tiene dos efectos. El primero es fotográfico: en un día de calima, el horizonte desaparece y las vistas largas se pierden. El segundo es respiratorio, y si tienes asma o alergias conviene consultar el parte y llevar mascarilla los días malos, igual que se consulta la lluvia en otros destinos.
05 El veredicto
Febrero, con bastante ventaja. Junta 22,1 grados de máxima y 9,1 de mínima —temperatura de andar todo el día y de cenar fuera— con solo 10,5 milímetros de lluvia, y cae en el tramo del año con menos polvo. Marzo es la segunda opción y sube a 26,5, que sigue siendo perfectamente cómodo.
Y la advertencia que resume el artículo: de mayo a septiembre, este destino no es una cuestión de incomodidad sino de imposibilidad. Con 46,6 grados de máxima, mínimas por encima de 30 y cero lluvia, no hay estrategia de horarios que lo arregle. Si tus fechas caen ahí, cambia el destino o cambia las fechas.





