El apodo local, «la capital del monte», suena a eslogan de folleto. No lo es: describe una proporción de suelo que se puede comprobar en un mapa y que se nota al primer paseo, cuando una calle de casas termina de golpe en una valla, un cartel y un bosque de eucaliptos.
01 Las cifras
El territorio de la capital ocupa 2.358 kilómetros cuadrados y alberga a unos 485.000 habitantes. De esa superficie, los parques y reservas suman más del 60 %: la mayor parte corresponde a un solo parque nacional, y el resto se reparte entre reservas grandes y decenas de piezas pequeñas.
Dentro de la ciudad, la figura que importa es el conjunto de reservas urbanas: treinta y nueve áreas protegidas repartidas en y alrededor del casco urbano, con tamaños que van desde 0,19 hasta 19,77 kilómetros cuadrados.
Ese reparto es deliberado. No son parques diseñados con césped y bancos, sino trozos de monte original que se dejaron sin edificar, con su vegetación y su fauna, y a los que se accede desde la acera del barrio.
02 Las colinas están protegidas por el plano
La razón de que existan esas treinta y nueve piezas no es ambiental sino de diseño urbano. El plano de la capital dejó las colinas interiores fuera del suelo edificable, y esa protección se mantiene en el plan urbanístico vigente.
El listado de colinas protegidas incluye la montaña Negra, el monte Ainslie, el monte Majura, la colina Roja y el monte Taylor, entre otras. Son las mismas elevaciones que el plano original usó como vértices y remates visuales de sus ejes.
El efecto práctico es doble. Por un lado, la ciudad conserva su silueta: no hay torres en lo alto de ninguna colina. Por otro, la mayoría de los vecinos vive a distancia caminable de una reserva, lo que convierte el monte en infraestructura cotidiana y no en excursión.
03 Canguros dentro de la ciudad
La consecuencia más visible de todo lo anterior es que el canguro gris oriental es un animal urbano aquí. Pasta en las praderas de las reservas, dentro del casco urbano, y sale a comer cuando cae la tarde.
No hay que buscarlos en un santuario ni pagar entrada: basta con caminar por una de las reservas a primera o a última hora del día. Es probablemente lo que más sorprende a quien llega esperando una capital administrativa y ordenada.
Conviene tratarlos como lo que son: animales salvajes de buen tamaño, no fauna de parque temático. Mantén distancia, no les des comida y conduce despacio al anochecer, que es cuando cruzan las carreteras que bordean las reservas.

04 Namadgi, casi la mitad del territorio
La pieza grande es Namadgi, un parque nacional declarado en 1984 que ocupa el 46 % del territorio de la capital: más de 106.000 hectáreas de sierra, con zonas alpinas y subalpinas y cumbres por encima de los 1.500 metros.
Está a unos cuarenta minutos en coche del centro. Ese dato es el que mejor resume el asunto: desde la plaza principal de la capital se llega a alta montaña protegida en menos de una hora, sin salir del territorio.
Junto a él está la reserva de Tidbinbilla, 54,5 kilómetros cuadrados en el borde del parque. Entre ambos, más el corredor del río y las reservas urbanas, se completa esa proporción de más del 60 % que define el lugar.

05 Lo que revela
Una capital que reserva más de seis de cada diez hectáreas de su territorio dice algo sobre cómo se pensó. No creció comiéndose el campo: se dibujó con el campo dentro, y las colinas quedaron protegidas antes de que hubiera presión para construir en ellas.
Para el visitante, la consecuencia es concreta. Aquí la naturaleza no es una excursión de día completo que se añade al final del viaje: es lo que hay al terminar la calle, y conviene contarlo desde el primer día del itinerario.


