01 Una pieza de 58 metros que tiene que poder moverse
Los datos primero. El puente une las plantas 41 y 42 de las dos torres, está a 170 metros sobre el suelo, mide 58,4 metros de largo y pesa 750 toneladas. Con esas cifras cualquiera supondría que va firmemente sujeto a los dos extremos, como una viga entre dos muros.
La realidad es la contraria, y por un motivo elemental: dos rascacielos de 452 metros no oscilan al unísono. Cada uno responde al viento a su manera, y la distancia entre ellos a esa altura cambia. Un puente rígido tendría que absorber esa diferencia en su propia estructura, y no podría.

02 El arco que se ve desde abajo es el truco
Si te pones justo debajo y miras hacia arriba, se ve la solución entera. Dos tirantes largos bajan desde los laterales de las torres y se juntan formando una uve invertida en un punto situado por debajo del centro del puente. Ese es el arco de dos articulaciones que lo sostiene.
El peso, por tanto, no cuelga de los encuentros con los edificios: baja por el arco. Y los extremos del puente se apoyan en las torres de una manera que permite el desplazamiento relativo, de modo que cuando las torres se mueven, el puente acompaña en vez de resistirse.

Es un puente entre dos edificios que se mueven. La única solución posible era que él también se moviera.
03 Dos torres, dos contratistas, dos obras distintas

Que sean dos estructuras independientes no es solo una cuestión de cálculo: también lo fueron en la obra. La torre oeste la levantó un consorcio japonés encabezado por Hazama y la torre este uno surcoreano encabezado por Samsung C&T. Dos equipos, dos contratos, el mismo diseño y el mismo plazo.
Las obras se completaron en junio de 1996 y el edificio se inauguró oficialmente el 31 de agosto de 1999. Cada torre tiene 88 plantas y alcanza los 451,9 metros. Visto así, el puente no es un adorno entre dos mitades de un mismo edificio: es la pieza que tuvo que resolver el encuentro de dos obras separadas.
04 Ni siquiera el suelo estaba donde debía
Hay un segundo movimiento, anterior a todos, que casi nadie conoce. Los sondeos de reconocimiento revelaron que la parcela elegida estaba, en la práctica, al borde de un escalón geológico: media parcela era caliza descompuesta y la otra media, roca blanda. Construir dos torres de esa altura a caballo entre dos terrenos distintos era pedir problemas de asientos diferenciales.
La solución fue radical: se desplazó el emplazamiento entero 61 metros para que los dos edificios quedaran apoyados por completo sobre la roca blanda. Y aun así hicieron falta unos cimientos excepcionales, con 104 pilotes de hormigón de entre 60 y 114 metros de profundidad, de los más profundos que se han hecho para un edificio.

Lo que queda de todo esto, si subes, es una anécdota mejor que la vista. Cruzas un pasillo acristalado bastante corriente, con barandillas y suelo de baldosa, sin notar absolutamente nada raro. Y estás caminando sobre 750 toneladas que están apoyadas, no sujetas, precisamente para que ese pasillo pueda seguir siendo corriente cuando sopla el viento.





