Hay una llanura al sur de Darwin que desconcierta a quien llega sin aviso. Sobre la hierba seca se levantan cientos de losas grises y estrechas, de la altura de una persona o más, clavadas en el suelo y todas orientadas exactamente igual.
Parecen un cementerio y no lo son. Son nidos, y su orientación es la parte que merece explicación.
01 Una llanura llena de lápidas

La especie se llama Amitermes meridionalis y sus nidos se conocen como termiteros magnéticos, un nombre engañoso porque no tiene que ver con el magnetismo en el sentido de imanes, sino con que apuntan de forma consistente a los puntos cardinales.
La forma es la clave. No son conos ni torres: son tabiques. Un montículo típico puede medir hasta 4 metros de alto y 2,5 de ancho, pero solo alrededor de 1 metro de espesor. Visto desde el norte casi desaparece; visto desde el este es una pared.
Y la orientación es colectiva. En un campo con cientos de montículos, todos presentan el canto en la misma dirección, con una desviación mínima entre vecinos. Esa regularidad es lo que convierte el sitio en una rareza y no en un curioso montón de barro.
02 El problema que resuelve la orientación
El problema de fondo es térmico. Una colonia de termitas necesita que el nido se mantenga dentro de un margen de temperatura estrecho, y en el norte tropical eso es difícil: hace calor todo el año, con máximas medias entre 31,1 y 33,8 grados, y el sol de mediodía está casi vertical.
La solución es geométrica. Al mediodía, con el sol en lo alto, el montículo solo le ofrece el canto estrecho: la superficie expuesta es mínima y el nido no se recalienta. A primera y a última hora, cuando el sol está bajo y calienta poco, le da de lleno en las dos caras anchas.
Dicho de otro modo: la forma capta calor cuando conviene y lo esquiva cuando sobra, sin ninguna pieza móvil y sin gastar energía. Es un edificio orientado, construido por animales de pocos milímetros que trabajan a oscuras.
Al mediodía el nido solo ofrece el canto al sol; por la mañana y por la tarde, las dos caras enteras.
03 La otra solución: chimeneas

En la misma sabana, y a veces a pocos metros, hay montículos completamente distintos: macizos, redondeados, con pináculos y de hasta 5 metros de alto. Los construye otra especie, Nasutitermes triodiae, la llamada termita catedral.
Su estrategia frente al mismo problema es otra. En lugar de orientarse, ventila: el montículo está recorrido por columnas huecas que dejan subir el aire desde la base, que es más fresca, hacia la parte alta. Es convección, no geometría.
Tener las dos soluciones en el mismo paisaje es lo que hace didáctico el sitio. Dos especies, el mismo clima, dos arquitecturas incompatibles que resuelven lo mismo, y las dos funcionan.
04 Lo que hacen cuando no están construyendo
Conviene dejar de mirar el montículo y mirar lo que la colonia hace con el terreno, porque ahí está la razón de que la sabana funcione. En el norte llueve más de 1.800 milímetros concentrados en cuatro meses, la hierba crece a gran velocidad y luego pasa ocho meses muerta y en pie.
Alguien tiene que procesar toda esa materia muerta, y en este clima no son las bacterias del suelo, que necesitan humedad constante. Son las termitas. Los estudios de estas sabanas les atribuyen dos tercios de la pérdida de masa de la madera seca y alrededor de un tercio de la de la hierba seca.
La escala es la que cabría esperar de ese papel. En suelos tropicales, las termitas representan entre el 40 y el 60 por ciento de la biomasa de la macrofauna del suelo. No son un detalle del ecosistema: son el turno de noche que lo mantiene en marcha.
05 Y lo que le hacen al suelo

El segundo efecto es sobre el propio terreno, y es el que menos se cuenta. Para construir, las termitas suben tierra desde bastante abajo y la mezclan con saliva y excrementos hasta obtener un material que fragua y resiste la lluvia.
Eso remueve el perfil del suelo y concentra nutrientes en el montículo y a su alrededor, en un paisaje donde los suelos son característicamente pobres. Alrededor de un termitero grande la vegetación suele ser distinta de la del llano.
Y hay un tercer efecto, hidrológico. Las galerías que las termitas abren bajo tierra funcionan como vías de infiltración: cuando llega la estación húmeda, el agua entra por ellas en lugar de correr por la superficie. En estas sabanas, la regulación del agua y la de los nutrientes pasan por el mismo animal.
06 Dónde y cómo verlo
El sitio donde se ven las dos arquitecturas juntas y con acceso fácil es el Parque Nacional Litchfield, al sur de Darwin. Hay un llano con un campo de montículos laminares y, aparte, ejemplares aislados de termitero catedral de varios metros.
La comprobación que merece la pena hacer es la obvia y casi nadie la hace: sacar la brújula del teléfono y ponerse delante de un montículo laminar. El canto apunta al norte con una precisión que sorprende cuando se mide en lugar de leerlo.
Y conviene mirar la escala del conjunto en lugar de fotografiar uno solo. Lo llamativo no es que un nido esté orientado, sino que lo estén todos: cientos de construcciones independientes, levantadas por colonias distintas, resolviendo el mismo cálculo y llegando al mismo resultado.



