El sitio se llama Zealandia Te Māra a Tāne y fue el primer ecosantuario urbano del mundo completamente vallado. La idea que lo sostiene es contraintuitiva: para devolver la fauna a una ciudad, primero hay que construir un muro.

01 Un valle cerrado dentro de la ciudad
El terreno no era virgen. Fue bosque de frondosas hasta que los incendios de 1850 y 1860 lo despejaron para pasto, luego hubo una pequeña fiebre del oro en 1869 y, a partir de 1873, se convirtió en la cuenca de abastecimiento de agua de Wellington.
El embalse superior, con presa de hormigón, se terminó en 1908. Al ser zona protegida de captación, el valle quedó cerrado al público durante casi un siglo y el bosque nativo empezó a regenerarse solo. El embalse alto se descatalogó hacia 1991 y el bajo en 1997.
Esa historia explica por qué funcionó: había un valle grande, contenido, con agua y sin edificar, pegado a los barrios de una capital. En 1993 se hizo el estudio de viabilidad, en 1994 se consultó a los vecinos y en 1995 se creó el fideicomiso que lo gestiona.

02 Catorce especies y un remate curvo
La pieza clave es la valla: 8,6 kilómetros de perímetro, terminada a finales de 1999, con un diseño que fue el primero del mundo capaz de excluir a todos los mamíferos terrestres desde el tamaño de un ratón hacia arriba.
Tiene tres elementos. Una malla de trama muy fina, para que no pase un ratón; un remate curvo hacia fuera en la parte alta, para que nada pueda trepar por encima; y un faldón enterrado, para que nada excave por debajo. La lista de especies excluidas incluye ciervo, cabra, cerdo, gato, hurón, comadreja, armiño, zarigüeya, erizo, conejo, liebre, rata negra, rata parda y ratón.
Cerrada la valla, se erradicó en nueve meses todo lo que había dentro. La única especie que volvió a entrar de forma permanente fue el ratón, por pequeños defectos de la malla dañada durante la obra. Las incursiones puntuales de comadrejas o ratas, casi siempre tras un temporal que tumba un árbol sobre la valla, se detectan con túneles de rastreo.

03 Lo que volvió, y cuándo
Las sueltas empezaron enseguida y están documentadas con fechas y cifras exactas: veinte kiwis moteados pequeños en julio de 2000, cuarenta petirrojos de la Isla Norte en mayo de 2001, tres kākā en agosto de 2002, treinta y nueve tīeke en junio de ese mismo año y veintitrés kākāriki de frente roja en julio de 2010.
En diciembre de 2005 llegaron setenta tuátaras desde la isla de Stephens. No es un lagarto: es el único superviviente de un orden de reptiles separado de todos los demás, y volvió a vivir en el continente neozelandés dentro de una ciudad de más de doscientos mil habitantes.
El bosque va más despacio que los animales. La vegetación sigue en fase temprana de sucesión, dominada por especies pioneras, y se están replantando los grandes podocarpos —rimu, mataí, miro, kahikatea, tōtara— que desaparecieron del valle.

04 El desbordamiento
Lo interesante no ocurrió dentro de la valla, sino fuera. Las poblaciones protegidas se convirtieron en población fuente: los pájaros salen a alimentarse y a criar en los jardines, los parques y el bosque del cinturón verde de la ciudad.
Los recuentos anuales lo miden. Desde 2011, la media de kererū —la paloma neozelandesa— ha subido un 243 por ciento en los jardines de Wellington; la de kākā, un 170; la de tūī, un 93; la del pequeño pīwakawaka, un 37.
El santuario no es el único factor: en paralelo, la ciudad ha ido extendiendo el control de depredadores fuera del recinto. Pero sin una fuente permanente de aves criando a salvo, ese control no tendría de dónde repoblar.
05 Lo que revela
Zealandia trabaja con un horizonte de quinientos años y con una idea explícita: quienes lo gestionan no son propietarios, son administradores temporales de un proceso que no verán terminado. Es una escala de tiempo poco habitual en la gestión pública.
El modelo se copió deprisa. Hoy hay vallas antidepredadores protegiendo desde las 7,7 hectáreas de un resto de bosque en Christchurch hasta las 3.500 hectáreas que rodean una montaña entera en Maungatautari.
Y deja una lección incómoda y útil para cualquier ciudad: la fauna no volvió cuando se plantaron árboles ni cuando se firmaron declaraciones, sino cuando alguien puso una valla de 8,6 kilómetros y se pasó nueve meses sacando de dentro lo que sobraba.




