En el centro de Quebec hay un anillo de agua de cien kilómetros que dejó un asteroide
Hace 214 millones de años un asteroide de cinco kilómetros abrió un cráter en el escudo canadiense. La erosión lo borró casi entero, y lo que hoy se ve como un círculo perfecto desde el espacio lo terminó de dibujar una presa construida en los años sesenta. Es el mapa de Quebec en una sola imagen.

Si miras una fotografía de Quebec tomada desde la Estación Espacial Internacional, hay una cosa que salta antes que ninguna otra: un anillo oscuro casi perfecto en mitad del bosque, de unos cien kilómetros de diámetro. Los astronautas lo llaman el ojo de Quebec.
No es un lago normal, ni una caldera volcánica, ni una figura casual. Es la cicatriz de un impacto de hace 214 millones de años, y su forma actual es el resultado de tres cosas encadenadas: un asteroide, doscientos millones de años de desgaste y una presa hidroeléctrica de los años sesenta.

01 Una provincia que es casi toda roca vieja
Para entender el anillo hace falta entender el suelo sobre el que está. Más del 95 % del territorio de Quebec pertenece al escudo canadiense: una plataforma de roca antiquísima, arrasada por sucesivas glaciaciones hasta quedar baja, ondulada y desnuda.
Ese arrasamiento explica el aspecto del norte de la provincia. El hielo raspó la roca, dejó cuencas por todas partes y luego se retiró, y esas cuencas se llenaron. El resultado son más de medio millón de lagos y unos 4.500 ríos, hasta el punto de que el agua ocupa el 12 % de la superficie provincial.
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Y aquí está la clave visual: todos esos lagos tienen formas caprichosas, dictadas por la dirección en que se movió el hielo y por las fracturas de la roca. Ninguno es redondo. Un círculo de cien kilómetros en ese mapa es una anomalía tan evidente que se ve desde órbita.
02 La franja donde vive todo el mundo
La otra mitad del mapa es humana. Quebec tiene alrededor de ocho millones de habitantes repartidos sobre casi tres veces la superficie de Francia, pero esa cifra engaña: casi toda la población se concentra en las tierras bajas del San Lorenzo, una franja estrecha con suelos ricos y un clima relativamente templado.
El campo de esa franja conserva un dibujo muy particular: parcelas rectangulares largas y estrechas que arrancan del río y se meten tierra adentro. Es la huella del antiguo sistema señorial, cuando el río era la única carretera y cada familia necesitaba su propio acceso al agua.
Todo lo demás —el 92 % del territorio es tierra pública— es escudo. Bosque boreal primero, luego taiga, luego tundra ártica en el extremo norte. Cuanto más subes, menos carreteras, menos árboles y más agua.
03 El impacto
Hace 214 millones de años, en el Triásico tardío, un asteroide de unos cinco kilómetros de diámetro golpeó esta plataforma. La datación radiométrica sitúa la fusión producida por el impacto en 214 ± 1 millones de años, y una estimación posterior la afina en 215,4 millones.
El cráter que abrió medía en origen unos cien kilómetros de lado a lado, con una estructura de varios anillos concéntricos. Y el golpe no fue un asunto local: se han encontrado capas de cuarzo de choque expulsado por ese impacto en rocas tan lejanas como las de Inglaterra y las de Japón.
Conviene deshacer una confusión frecuente. Este impacto ocurrió más de doce millones de años antes del final del Triásico, así que no pudo causar la extinción que cierra ese periodo. Se ha propuesto que contribuyó a una extinción marina anterior, pero no hay pruebas directas que lo confirmen.
04 Lo que la erosión se llevó
Doscientos millones de años de lluvia, hielo y sedimento se comieron el borde del cráter. De los cien kilómetros originales, la estructura visible quedó reducida a unos 72, y del relieve exterior no queda prácticamente nada: no hay un cráter con paredes al que asomarse.
Lo que sí sobrevivió es el centro. En un impacto de este tamaño, la roca del fondo rebota hacia arriba y forma un pico central. Aquí ese pico es la meseta que ocupa el interior del anillo, y su punto más alto, el monte Babel, se levanta 952 metros sobre el nivel del mar y 590 sobre el agua.
05 La presa que cerró el círculo
Y ahora la parte que casi nadie cuenta. Hasta los años sesenta, el anillo no era un anillo: había un lago a un lado de la meseta central y otro, más pequeño, al otro. La forma estaba insinuada en el terreno, pero no dibujada.
Lo que la completó fue una obra hidroeléctrica. Al construir la presa Daniel-Johnson, el agua subió, los dos lagos se unieron por los extremos y el círculo se cerró. El embalse resultante ocupa 1.942 kilómetros cuadrados y contiene 137,9 kilómetros cúbicos de agua.

Hay una consecuencia curiosa de que el anillo sea además un depósito de trabajo: su nivel sube y baja según la demanda eléctrica. En los picos de frío invernal el agua baja, porque las turbinas funcionan sin parar para cubrir la calefacción de la provincia. Y vuelve a bajar en las olas de calor del verano, cuando se exporta electricidad hacia el sur.
06 Cómo se llega y qué se ve desde el suelo
Hay una sola carretera, la 389, que sale de Baie-Comeau, en la orilla norte del San Lorenzo, y sube hacia el interior. El embalse queda unos 300 kilómetros al norte de esa ciudad, y la carretera pasa por su orilla oriental.

Y conviene ir con la expectativa ajustada, porque desde el suelo no se ve ningún círculo. Se ve un lago grande, orillas de bosque bajo y una meseta al otro lado del agua. Cien kilómetros de diámetro es demasiado para el ojo humano: la figura solo existe en el mapa y en las fotos de satélite.
Lo que sí se percibe es la escala del vacío. Kilómetros de carretera sin cruzarte con nadie, ni un pueblo, ni cobertura, y ese bosque bajo repitiéndose hasta el horizonte. Es la mejor manera de entender por qué ocho millones de personas viven apretadas contra un río en el borde sur de una provincia inmensa.



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